domingo, 08 de marzo de 2009
Microsoft Word - SETIEMBRE 20072

Primera Lectura

Lectura del libro del Génesis (22, 1-2. 9-13. 15-18)

El sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe

1Después de estos acontecimientos, Dios puso a prueba a Abraham: “¡Abraham!”, le dijo. El respondió: “Aquí estoy”. 2Entonces Dios le siguió diciendo: “Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré”. 9Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. 10Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. 11Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: “¡Abraham, Abraham!”. “Aquí estoy”, respondió él. 12Y el Ángel le dijo: “No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único”. 13Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. 15Luego el Ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, 16y le dijo: “Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, 17yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos, 18y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, ya que has obedecido mi voz”.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial

Salmo 116 (115), 10. 15-19 (R.: cf. 9)

RYo caminaré en la presencia del Señor, en la tierra de los vivientes.

10Tenía confianza, incluso cuando dije: “¡Qué grande es mi desgracia!”. 15¡Qué penosa es para el Señor la muerte de sus amigos! R.

16Yo, Señor, soy tu servidor, tu servidor, lo mismo que mi madre: por eso rompiste mis cadenas. 17Te ofreceré un sacrificio de alabanza, e invocaré el nombre del Señor. R.

18Cumpliré mis votos al Señor, en presencia de todo su pueblo, 19en los atrios de la Casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén. ¡Aleluya!. R.

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma (8, 31b-34)

Dios no perdonó a su propio hijo

31Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? 32El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores? 33¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. 34¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?

Palabra de Dios.

Versículo antes del Evangelio: Mc 9, 7  

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo

Evangelio

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 9, 2–10

Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo

2Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. 3Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. 4Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5Pedro dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. 6Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. 7Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”. 8De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. 9Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significará “resucitar de entre los muertos”.

Palabra del Señor.

Comentario:

Primera Lectura: Este relato es muy fuerte, ya que el hombre involucrado es un anciano a quién se le ha negado la paternidad durante toda su vida y, recién al final de ella, el hijo ansiado y esperado –Isaac–, llega de la mano de un milagro divino; cuando ambos, Abraham y Sara, no podían engendrar a causa de la edad, Dios obra el milagro de darles el descendiente. Ahora Dios le pide lo imposible a Abraham, que le entregue a su hijo único en sacrificio, que se lo dé, que anule su descendencia. Dos contrasentidos llevan la escena hasta la sinrazón: es hijo único, es decir que se le pide a Abraham que lo entregue todo, que lo de todo, que se quede sin nada… Y el otro contrasentido es que Dios había intervenido específicamente para que ese niño viniera a la vida, para que naciera. Posiblemente no haya otro niño más deseado por sus padres y también más querido por Dios. Ahora debe morir.

Lejos de dialogar con Dios sobre la conveniencia de este sacrificio, Abraham obedece ciegamente la orden dada por el Señor. El relato resalta que, una vez atado y puesto el niño en el altar, su padre “extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo” (v. 10). Las imágenes que representan este relato nos muestran  a Abraham a punto de descargar el golpe mortal sobre su único hijo con el afán de resaltar el trágico momento que se está viviendo. No insiste el relato en marcarnos ese dramatismo, supone que ya nos hacemos carne de la terrible situación: si no ocurre un milagro, si Dios no interviene, la muerte se hará presente en la familia del patriarca llevándose lo que él más ama y quiere en el mundo.

El ángel viene en auxilio del niño y su padre, con un doble llamado (v. 11) se nos insiste en la decisión divina de parar el sacrificio. Bastó una invocación para hacer que Abraham respondiera rápidamente a la llamada de Dios cuando se le pidió el sacrificio (v. 1), ahora la invocación es doble “¡Abraham, Abraham!” (v. 11), hay urgencia de detener el sacrificio. Al principio se nos había explicado que Dios quería poner “a prueba” al patriarca, ahora se nos dice que la prueba fue cumplida y Abraham es digno de confianza y bendición: “Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único” (v. 12). La prueba consistía en llevar al extremo de lo irracional y doloroso a Abraham para saber “hasta cuanto aguantaba”. ¿Será verdad que obedece y confía tanto en mí?, parece decir Dios. El señor llevó a Abraham a vencer los límites de su propia supervivencia, a superar las barreras de su conveniencia. Dios le saca de sus moldes, de sus esquemas… lo enfrenta a la toma de decisión más crucial: ¿obedecer a Dios o a la propia convicción? Hay un salto de conciencia en el interior de Abraham… Se le pide darlo todo por “temor” de Dios. Estamos en condiciones de decir que Dios le pide a Abraham que renuncie a su esperanza, a la concreción de sus sueños. No se trata solamente del hijo, que ya es algo extremo, se trata de todo lo que el hijo representa, de la esperanza sobre la vida que Abraham tiene, de los sueños y deseos de este hombre.

Desde la perspectiva divina Abraham a superado, con creces la prueba. Abraham salió de sus propios esquemas y saltó a la dimensión de aquellos que superan su yo y se entregan totalmente, aún en su propia concepción del mundo, o en sus sueños, para aceptar, aunque no se entienda, la voluntad del creador. Por eso Dios, que no se deja ganar en generosidad, hace ese juramento a Abraham (v. 16-18) de que será colmado de bendiciones, multiplicado en la descendencia, sus descendientes conquistarán ciudades y será bendición para todos. Son cuatro bendiciones que lo involucran en su presente y futuro. Cuatro bendiciones que aseguran prosperidad y amistad; ser feliz y hacer felices a los demás.

Este relato nos enseña a confiar en Dios hasta el extremo, “hay que amar hasta el extremo”, decía Madre Teresa de Calcuta; nos exhorta en que, si lo damos todo, Dios nos da todo. La insistencia más profunda es entregar la vida en su totalidad, confiar plenamente en Dios, no guardar ninguna reserva, asumir que Dios sabe lo que hace y dejar que lo haga. Las bendiciones muestran el crecimiento espiritual de la persona que se entrega al modo de Abraham: es un ser colmado de Dios, multiplicado en su influencia benéfica, con grandes conquistas espirituales, y por fin, la bendición de Dios, a través suyo, se derrama sobre toda la creación. Es la irradiación amable de la divinidad en la existencia de un ser humano dócil a la gracia.

Salmo: El salmista expresa la angustia del orante que se siente desgraciado, que sufre la entrega máxima, la renuncia total: la muerte (sea la propia o la de las personas que amamos). Por eso recuerda quién es: “tu servidor” y alaba al Señor que lo ha salvado, que ha obrado por él. En los versículos finales se alegra de poder cumplirle al Señor su promesa, de poder cumplir con Dios que lo ha salvado. Este salmo es un canto a la vida, una alegría grande posee el alma del orante que se anima y goza porque Dios le devolvió la vida, porque Dios no salvó y no se olvidó de Él. Es un alma agradecida.

Segunda Lectura: Pablo razona con los Romanos: ¿Qué poder, por más fuerte e intenso que sea, puede vencer a Dios? Por eso en el v. 31 nos dice “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”, es impensable, para Pablo, que alguien considere, aunque sea por lo mínimo, que Dios puede ser vencido. De este modo su razonamiento se extiende a nosotros: Si estamos con Dios, tenemos el poder de Dios. ¿Quién puede vencer a Dios?, nadie. ¿Quién puede vencernos a nosotros? Nadie. Continúa, no solo el poder de Dios está con nosotros, también su amor. En el v. 32 muestra que Dios “no escatimó” a Jesucristo, “lo entregó por nosotros”, desde allí sus favores se extienden sobre los humanos. Aquel que entregó a la muerte a su Hijo amado, por salvarnos, ¿no nos va a cuidar? ¿Acaso va a dejar que le pase algo a quienes por quien Cristo entregó la vida? Si no fuera así, tampoco tendrían razón aquellos que ven demonios y poderes malignos con más fuerza que Dios. El v. 33 dice “Dios es el que justifica”. Con lo cual el “acusador” se queda sin premio, nadie puede contra ese juez que decide la vida y la muerte, y ya decidió salvar a los acusados. ¡Puede ser que Jesucristo sea el que busque la condenación de aquellos por quienes murió y resucitó! Esto ya es caer en el ridículo, dio su vida por nosotros: ¿Ahora va a tirar por la borda todo? ¿Ahora va a condenar a todos aquellos por quienes murió y resucitó? No, al revés… intercede por nosotros. Para Pablo es muy claro que ya estamos salvados, y que aquel que lo hizo ha muerto y resucitado paraqué nosotros tengamos vida, y está intercediendo a la derecha de Dios para que eso suceda siempre.

Evangelio: Hoy el Evangelio nos adentra en el misterio divino al relatarnos la Transfiguración de Jesús. La misma fue un anticipo de la Resurrección del Señor. Pedro, Santiago y Juan llegan a conocer la Persona de Jesús en plenitud. Tienen una experiencia de “cielo”, de contemplar cara a cara al Señor, al Hijo de Dios, ya no sólo en su humanidad sino en su divinidad, a Jesús, verdadero Dios. Este es el anhelo que todos tenemos en lo más profundo de nuestro corazón: ver a Dios, cara a cara, ver su rostro.

Ya lo expresaba el Salmo 42, 3: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?”. Y seguramente todos recordamos a Moisés expresando el mismo deseo a Dios cuando le dijo: “Por favor, muéstrame tu gloria” (Éx 33, 18). Y, sin embargo, Dios le respondió: “Yo haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del Señor, porque yo concedo mi favor a quien quiero concederlo y me compadezco de quien quiero compadecerme. Pero tú no puedes ver mi rostro, añadió, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo” (Éx 33, 19-20).

No está en la inteligencia humana la capacidad para ver el rostro de Dios. Pero Dios quiere mostrar su rostro al hombre, quiere darse a conocer. Y, como todo buen padre que no puede dejar de mimar a sus hijos, nos concede el deseo de verlo haciéndose él mismo Hombre. Sólo así, puede el hombre ver a Dios, en un rostro humano, verdaderamente humano. Por eso, Pedro, Santiago y Juan no murieron al ver a Jesús transfigurado. Y lo que estos tres apóstoles presencian es una verdadera teofanía, es la manifestación de la Santísima Trinidad: el Padre, manifestado en la voz que sale de la nube; el Hijo, Jesús transfigurado; y el Espíritu Santo, la nube que los cubrió con su sombra –recordemos cuando el Ángel dijo a María-: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra” (Lc 1, 35). Es llamativo que también tres personas sean testigos de semejante revelación. Tres Personas divinas en presencia de tres personas humanas. Y es que Dios nos quiere unidos en comunidad, es ahí donde se hace presente (ver Mt 18, 20). Nos llama a vivir en comunidad perfectamente unida en el Amor, como Él. Hasta aquí, tenemos dos misterios revelados en este relato: el misterio de la Encarnación –el Hijo de Dios hecho Hombre– y el misterio de la Santísima Trinidad –Dios que es tres Personas divinas distintas-.

Pero el que ocupa el centro de nuestra reflexión, meditación y contemplación en este tiempo de domingo segundo de Cuaresma, es el misterio de la Redención. Si observamos unos versículos antes, en Mc 8, 31-33, tenemos el primer anuncio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor; unos versículos posteriores a la transfiguración, en Mc 9, 30-32, encontramos el segundo anuncio; y más adelante, en Mc 10, 32-34, el tercero. Esto nos evidencia la intención de Jesús al llevar a estos tres hombres al monte: mostrarles quién es Él y cuál es su misión. Por eso Jesús les había dicho: “Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de haber visto que el Reino de Dios ha llegado con poder”. De manera que cuando vieran a su Maestro en la cruz tuvieran presente que no es un hombre más colgado de ese madero; es Jesús, el Hijo de Dios hecho Hombre, que entrega su Vida para salvarnos del mal.

Cuando tengamos también nosotros experiencia de cruz, es decir, de sufrimiento, de persecución, de incomprensión, recordemos la Transfiguración de Jesús. Ya que no sólo Él es transfigurado, sino que todos los que lo seguimos seremos transfigurados como Él. Es necesario que asumamos una actitud orante ante nuestra vida; que en todo momento meditemos la Palabra de Dios; que queden grabadas en nuestro corazón las maravillas obradas por Dios en la humanidad y en nuestra propia vida. Sólo así estaremos fuertes y firmes en las adversidades que nos toque vivir, porque nuestra condición humana ha sido elevada cuando el Hijo de Dios, “no consideró su igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres” (Flp 2, 6-7).

Para concluir: en la primera lectura se nos invita a renunciar aún a nuestra esperanza sabiendo que Dios nos dará mucho más de lo que nos pide. El salmo nos mostraba a un hombre angustiado que es salvado de la muerte por su Dios, de ahí su alegría, y su deseo de cumplir su parte en el trato de amor que tiene con el creador. Pablo nos invitaba a ver la gesta amorosa de Jesús que dio su vida por salvarnos y con lo cual consiguió que ningún poder tuviera entremetimiento en nuestra vida. El evangelio nos recuerda que Jesús no solo es hombre, nos manifiesta el efecto que produce en los corazones de sus discípulos y nos invita a recordar que después de su muerte la resurrección llega como triunfo de la vida sobre el aniquilamiento total. La esperanza renace en Jesús, no ya por el impedir el sacrificio (como en la primera lectura), sino como consecuencia lógica de que Dios no perdonó a su propio Hijo, para perdonarnos a nosotros, y transfigurarnos de esperanza en la vida eterna por su propia resurrección.

Meditemos:

  1. ¿Qué cosas me está pidiendo Dios, en este momento, que le entregue? ¿En qué cosa, pensamiento, convicciones, todavía no di el salto de la fe? ¿Qué promesas me estoy perdiendo por no obrar como Abraham?
  2. ¿En qué cosas Dios me ha salvado? ¿De qué modo lo hizo? ¿Cumplí mis promesas hechas a Dios?
  3. ¿Acepto a Jesús como aquél que me ha salvado de la muerte eterna? ¿Cuál es mi concepción sobre lo que es estar salvado por Jesús?
  4. ¿Alguna vez tuvimos las mismas sensaciones que los apóstoles en nuestra oración? El Padre dijo: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”. Nosotros, ¿estamos “aprovechando” este tiempo de Cuaresma (de desierto) para escuchar a Jesús? Si no es así, ¿qué espero para hacerlo?

 


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