sábado, 14 de marzo de 2009
Microsoft Word - SETIEMBRE 20072

Primera lectura

Lectura del libro del Miqueas 7, 14-15. 18-20

Tú arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados

14Apacienta con tu cayado a tu pueblo, al rebaño de tu herencia, al que vive solitario en un bosque, en medio de un vergel. ¡Que sean apacentados en Basán y en Galaad, como en los tiempos antiguos! 15Como en los días en que salías de Egipto, muéstranos tus maravillas. 18¿Qué dios es como tú, que perdonas la falta y pasas por alto la rebeldía del resto de tu herencia? El no mantiene su ira para siempre, porque ama la fidelidad. 19El volverá a compadecerse de nosotros y pisoteará nuestras faltas. Tú arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados. 20Manifestarás tu lealtad a Jacob y tu fidelidad a Abraham, como juraste a nuestros padres desde los tiempos remotos.

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial

Salmo 103 (102), 1-4. 9-12 (R.: 8a)

REl Señor es bondadoso y compasivo.

1Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; 2bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. R.

3El perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; 4rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. R.

9No acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; 10no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

11Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen; 12cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados. R.

Versículo antes del Evangelio: Lucas 15, 18

Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti

Evangelio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 15, 1-3. 11b-32

Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida

1Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. 2Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. 3Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos. 12El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde". Y el padre les repartió sus bienes. 13Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa. 14Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. 15Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. 16El hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. 17Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!". 18Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; 19 ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros". 20Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. 21El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo". 22Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. 23Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, 24porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado". Y comenzó la fiesta. 25El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. 26Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó que significaba eso. 27El le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero y engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo". 28El se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, 29pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. 30¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!". 31Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. 32Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado"”.

Palabra del Señor.

Comentario:

Primera Lectura: El relato de Miqueas, más que contarnos algo expresa una oración, un deseo del pueblo que ha perdido la protección de Dios. La súplica del profeta apunta a pedirle a Dios que tenga piedad, que “pisotee nuestras faltas” (v. 19), que se “compadezca de nosotros”. La invitación es a confiar en que Dios mostrará sus “maravillas” (v. 15) y “no mantendrá su ira para siempre” (v. 18). Es decir, Dios perdona, Dios absuelve, Dios se olvida y tira nuestros pecados lejos: “Tú arrojarás en lo más profundo del mar todos nuestros pecados” (v. 19). La parábola del Hijo pródigo (o Padre misericordioso), relatada por Jesús en el evangelio que hoy la Iglesia nos propone en la lectura litúrgica, mostrará hasta dónde llega ese perdón extremo del Padre Dios.

Salmo: El Salmo canta la bondad de Dios e invita a bendecirlo (v. 1-2) por el “beneficio” del perdón y el rescate del sepulcro (v. 3-4), porque se olvida de nuestras faltas y nos trata bien a pesar de no merecerlo (v. 9-10), por el amor inmenso que nos tiene (v. 11-12). Por eso el responsorio nos hace repetir: “El Señor es bondadoso y compasivo” (v. 8).

Evangelio: V. 1-2: La situación que Jesús genera desconcierta los fariseos y escribas. Prefieren criticarlo a razonar y entender los motivos por los cuales Jesús obra así. Es lo de siempre. Las críticas ante lo nuevo, las murmuraciones ante actitudes diferentes, son la consecuencia del rechazo de los puritanos de siempre ante aquellos que se animan a desafiar los límites, ante aquellos que prefieren el camino del amor al del cumplimiento. V. 3: Las parábolas de la oveja y de la dracma perdidas serán como la antesala para a maravillosa parábola del Hijo prodigo, o, mejor dicho, del Padre misericordioso. En ambas parábolas precedentes la imagen es gráfica: Jesús nos muestra que Dios prefiere encontrar, a condenar. Todo lo contrario de lo que hicieron los fariseos con él. V. 11-12: El hombre de los dos hijos es el perfecto retrato de Dios. Un Dios que ama a sus dos hijos aunque estos sean totalmente diferentes uno del otro. Este hombre ama tanto que, aunque el hijo menor le pida la herencia, se la da. Tal vez ya sabe que no sabrá cuidar de los bienes. Pero un padre no puede desconfiar de lo que educó. V. 13-15: El hijo no sólo se va del padre, sino que se va lejos, como si no quisiera verlo más. No sólo es pedirle la parte de la herencia, no sólo es no vivir con él, es sobre todo rechazarlo, alejarse y hacerlo bien lejos. Pero como suele suceder cuando nos vamos porque rechazamos lo que vivimos en el lugar en que estamos, cuando huimos, el remedio es peor que la enfermedad, “salimos de Guatemala para entrar en guatepeor”. El muchacho, inmaduro, carece de valores para defender su vida. Malgasta sus bienes, y cuando “ya había gastado todo… comenzó a sufrir privaciones”. Terminará cuidando cerdos, una realidad muy distinta, no sólo de lo que él soñaba con llegar a ser, sino también, muy distinta de lo que él había sido. V. 16-19: El trabajo que ahora realizaba ni siquiera le servía para comer. Allí, en ese momento de hambre empieza a recapacitar, piensa. No es su corazón ni su cabeza, quien formula el pensamiento, es el estómago. El hambre es tan fuerte que ni siquiera el orgullo puede detenerlo. Por eso, el peor pecado que puede cometer un gobernante es mantener a su pueblo con hambre. Esto humilla, desfigura la dignidad e impide vivir de acuerdo a las convicciones y sentimientos. Quien tiene hambre no puede defenderse. El joven reconoce que no puede pedirle a papá que lo acepte de nuevo como hijo, él mismo lo había rechazado, pero sí puede suplicar ser un jornalero. El sudor de su frente, en casa de papá, sí alcanzará para comer, y hacerlo en abundancia. ¿La imagen negativa que él tenía de su padre ha cambiado? ¿Hace falta conocer otra realidad para valorar la que teníamos? V. 20-24: El joven vuelve, ¿qué pensamientos se habrán cruzado por su mente? ¿Cómo se siente volver a casa con la cabeza gacha? De todas maneras a Jesús no le interesa contarnos la experiencia interna de este joven. Le interesa más bien hablarnos de cómo es el padre, cómo se conmueve profundamente, con lujo de detalles, Jesús nos muestra el amor de este padre a su hijo: “corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. El amor se vive… no se proclama, amar es práctica… no teoría. ¿Cuánto hace que no muestras tu amor a tus seres queridos? ¿Qué estás esperando para hacerlo? ¿Qué se vayan? ¿Qué desaparezcan de tu vida? La enseñanza fundamental es que dos personas que se aman pudieron encontrarse, el padre recuperó a su hijo, el hijo no sólo recuperó a su padre, sino que también se recuperó a sí mismo. Por eso: comenzó la fiesta. V. 25-28: Pero había alguien que ni se esperaba la vuelta de su hermano. ¿Por qué será que aquellos que se creen perfectos, no necesitan de los demás para vivir? El hermano mayor, el hermano estricto, el hermano que necesita que el otro se humille para perdonarlo, el hermano egocéntrico que no admite fiesta sino es por él, el hermano mezquino de amor, de compasión, de afecto… “el se enojó y no quiso entrar”, anota Jesús. Lo que tal vez no soñó nunca, es ver a papá viniendo a “rogarle”. Es que papá ya no daba para sustos, había perdido y recuperado a su hijo menor. ¿Podía arriesgarse a perder al mayor? Papá sabe que no. Por eso va a rogar, a suplicar. V. 29-32: El reclamo parece justo, hasta nosotros nos atreveríamos a decir que tiene razón. ¡Está acertado al enojarse! Pero la respuesta (v. 31) que le da el padre nos muestra que no es así. El hijo mayor no sólo juzgó mal a su hermano menor, sino también a su padre. Él se auto impuso “cumplir”, cuando el padre lo único que le exigía era “amar”. Cuando el padre dice: todo lo mío es tuyo, nos está mostrando su amor generoso, su amor humilde que no dice con grandes palabras, realiza con pequeños gestos –no hace alarde-. Y remarca, el padre, no quiero perder a otro hijo, quiero a los dos conmigo: Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Justamente ahora, con este rogar, con la suplica, el padre está recuperando al hijo que no se fue, pero que nunca estuvo, al que siempre permaneció junto a él, pero no en espíritu. Estaban juntos, pero no eran familia. La sangre y la herencia los unía, pero no el afecto, el amor. Este hijo también estaba perdido y como el menor, fue encontrado.

Esta parábola nos enseña a ser comprensivos entre nosotros, a no juzgarnos, y mucho menos, condenarnos. “Pecadores” y “cumplidores” necesitan volver a la casa del padre que, en vez de castigar y reprender, hará fiesta.

Meditemos:

  1. ¿Creo que mis “pecados” son tan grandes que no tienen perdón de Dios? ¿En mis oraciones le pido al buen Dios que “vuelva a compadecerse de mí y pisotee mis faltas (ver Miq 7, 19)?
  2. ¿Soy de los que agradecen y bendicen a Dios por los beneficios diarios que me concede? ¿Reconozco que Dios me ha perdonado de mis faltas y pecados?
  3. ¿Qué nos impacta más en la actitud del Padre?
  4. Nosotros: ¿estamos en la situación del hijo menor, que cambia, se convierte, vuelve? ¿O en la posición del hijo mayor, que piensa que no necesita convertirse? (El hijo mayor, representa en la parábola a los fariseos y a todos aquellos que se creen buenos, sin pecado)

 


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