domingo, 22 de marzo de 2009

Primera Lectura

Lectura del libro del segundo libro de las Crónicas (36, 14-16. 19-23)

La indignación y la misericordia de Dios se manifiestan en el exilio y en la liberación de su pueblo

14De la misma manera, todos los jefes de Judá, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando todas las abominaciones de los paganos, y contaminaron el Templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén. 15El Señor, el Dios de sus padres, les llamó la atención constantemente por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada. 16Pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y ponían en ridículo a sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo subió a tal punto, que ya no hubo más remedio. 20Nabucodonosor deportó a Babilonia a los que habían escapado de la espada y estos se convirtieron en esclavos del rey y de sus hijos hasta el advenimiento del reino persa. 21Así se cumplió la palabra del Señor, pronunciada por Jeremías: “La tierra descansó durante todo el tiempo de la desolación, hasta pagar la deuda de todos sus sábados, hasta que se cumplieron setenta años”. 22En el primer año del reinado de Ciro, rey de Persia, para se cumpliera la palabra del Señor pronunciada por Jeremías, el Señor despertó el espíritu de Ciro, el rey de Persia, y este mandó proclamar de vida voz y por escrito en todo su reino: 23“Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, el Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y él me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, de Judá. Si alguno de ustedes pertenece a ese pueblo, ¡que el Señor, su Dios, lo acompañe y que suba...!”.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial

Salmo 137 (136), 1-2. 3. 4-5 (R.: 6a)

RQue la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti.

1Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión, 2En los sauces de las orillas teníamos colgadas nuestras cítaras. R.

3Allí nuestros carceleros nos pedían cantos, y nuestros opresores, alegría: “¡Canten para nosotros un canto de Sión!”. R.

4¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor en tierra extranjera? 5Si me olvidara de ti, Jerusalén, que se paralice mi mano derecha. R.

6Que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti, si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías. R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso (2, 4-10)

Muertos a causa de nuestros pecados, hemos sido salvados por su gracia

4Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, 5precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo -¡ustedes han sido salvados gratuitamente!- 6y con Cristo Jesús nos resucitó y nos hizo reinar con él en el cielo. 7Así, Dios ha querido demostrar a los tiempos futuros la inmensa riqueza de su gracia por el amor que nos tiene en Cristo Jesús. 8Porque ustedes han sido salvados por su gracia, mediante la fe. Esto no proviene de ustedes, sino que es un don de Dios; 9y no es el resultado de las obras, para que nadie se gloríe. 10Nosotros somos creación suya: fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos.

Palabra de Dios.

Versículo antes del Evangelio: Juan 3, 16

“Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna”

Evangelio

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan 3, 14–21

Dios envió a su Hijo para que el mundo se salve por él

14De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, 15para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. 16Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. 17Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. 19En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. 20Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. 21En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios".

Palabra del Señor.

Comentario:

La primera lectura contiene una asombrosa enseñanza: perseverar en el mal lleva a la destrucción. Se relata de modo contundente como los mismos jefes del pueblo, sus sacerdotes, se apartaron del Dios de la vida. Pero Dios no tuvo en cuenta esta apostasía, envió mensajeros, a sus profetas, para que ellos mostraran el verdadero camino, ¿qué hicieron ellos?: “Pero ellos escarnecían a los mensajeros de Dios, despreciaban sus palabras y ponían en ridículo a sus profetas” (2Cro 36, 16). No hay caso, si no sentimos el golpe, no cambiamos. Ellos fueron así, Dios lo sabía, pero envió primero la oportunidad de la reconciliación. De pronto Dios les dejó en manos de su enemigo, Nabucodonosor. La deportación, con todo lo que esta significa en pérdidas, duelos, sufrimiento… se hizo una realidad. Lo perdieron todo. Pero Dios no abandona para siempre, como lo había anunciado por Jeremías, llegó la salvación, Dios miró a su pueblo y le dio la segunda oportunidad que necesitaba: Ciro, rey de Persia, dijo: “El Señor, el Dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y él me ha encargado que le edifique una Casa en Jerusalén, de Judá. Si alguno de ustedes pertenece a ese pueblo, ¡que el Señor, su Dios, lo acompañe y que suba...!” (2Cro. 36, 23).

Por eso el Salmo 137 es el elegido por la Iglesia para hacernos valorar la situación emocional de este pueblo cautivo: llanto, recuerdos dolidos, las cítaras colgadas, sin uso, porque no hay alegría… lo único que queda en el corazón es el deseo de volver a la tierra prometida, a lo que se perdió.

La carta a los cristianos de Éfeso pone esta realidad de “extranjeros”, de “exiliados” (“cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados”) en clave de salvación: “¡ustedes han sido salvados gratuitamente!”. Pablo explica que nada de lo que pasó es mérito nuestro, es un regalo de Dios, todo es gratuito (Ef 2, 8). Por eso hay que valorar este gesto de amor de parte de Dios: sin mérito nuestro nos ha provisto de la salvación por Jesucristo, es solo “gracia, mediante la fe” (v. 8).

El texto del Evangelio está tomada de Juan y muestra un pedacito del diálogo de Jesús con Nicodemo, veamos el comentario de Teresa Okure[1]:

“Después de llamar la atención de Nicodemo sobre su propia situación, Jesús procede a enseñarle cómo y por qué puede tener lugar el nacimiento de arriba. Este nacimiento será posibilitado mediante su pasión, muerte y resurrección, o su ser “levantado” y “glorificado” (v. 14), acto mediante el cual Jesús atraerá a todos los pueblos hacia sí (ver Jn 12, 32). La referencia a la serpiente de bronce (Nm 21, 8-9) hace ver que Dios usaba el mismo instrumento de castigo del pueblo para salvar a quienes estaban dispuestos a someterse a su intervención salvadora. Por medio de la analogía, Jesús, que es rechazado, especialmente por los jefes, se presenta como el único mediador de la salvación de Dios para toda la humanidad, y ellos “mirarán al que traspasaron” (Jn 19, 37).

La necesidad de nacer de Dios, si uno quiere convertirse en hijo del reino, se enraíza en el puro e inmerecido amor de Dios al mundo (vv. 16-17). La medida de la profundidad de este amor la da el don que Dios hace de su Hijo singularmente amado, amado como nadie más es amado. Dios no podía haber dado nada más precioso para demostrar cuánto nos amaba. Rom 5, 8-11; 8, 31-39 y 1 Jn 4, 9-10 comentan este increíble amor de Dios al mundo. Juan subraya que la acción de Dios es para salvar, no para condenar ni destruir. Jesús vino a dar vida en plenitud a quienes estén dispuestos a aceptarla (Jn 10, 10). Al amar hasta la muerte en la cruz, concretó el amor de Dios a la humanidad en su propia persona (Jn 13, 1; 15, 13). El amor de Dios es la única explicación de la misión de salvación de Jesús.

La reacción de cada persona ante Jesús y su misión determina si es o no juzgada/condenada o si se aprovecha de su misión salvadora (vv. 18-21). Jesús es la luz de Dios enviada al mundo para mostrar a los hombres cómo pueden caminar en él, “el camino, la verdad y la vida”, para llegar a Dios (14, 6); quienes lo rechazan escogen permanecer en las tinieblas, en lugar de afrontar el trance de cambiar su “mala” conducta (vv. 19 –20). Con ello pronuncian su propio juicio y condenación (v. 18b), mientras que quienes aceptan a Jesús y caminan con él, o “se acercan a la luz” (v. 21), no son juzgados. Demuestran con sus hechos que, efectivamente, han nacido de Dios. 1 Jn 2, 7-11 explica lo que significa concretamente estar “en la Luz” o en “tiniebla”.

Meditemos:

  1. ¿En qué cosas he obrado en contra de Dios mereciendo el “exilio”, “la muerte”?
  2. ¿Reconozco la misericordia divina que me salva de todo mal?
  3. ¿Qué es, para mí, la Vida eterna?
  4. ¿Cuáles son las obras de la luz? ¿Cuáles las de las tinieblas? Hago una lista de cada una.
  5. ¿Qué sentido o valor tiene la Cruz en mi vida?

 



[1] Teresa Okure, Juan, Comentario Bíblico Internacional, pág. 1334-1335.


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