miércoles, 27 de mayo de 2009

 Miércoles 27 – Feria (o memoria libre: San Agustín de Cantorbery, Obispo – Blanco) – Blanco / Misa: a elección – Liturgia de las horas: a elección.

Primera lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (20, 28-38)

Los encomiendo al Señor

28Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre. 29Yo sé que después de mi partida se introducirán entre ustedes lobos rapaces que no perdonarán al rebaño. 30Y aun de entre ustedes mismos, surgirán hombres que tratarán de arrastrar a los discípulos con doctrinas perniciosas. 31Velen, entonces, y recuerden que durante tres años, de noche y de día, no he cesado de aconsejar con lágrimas a cada uno de ustedes. 32Ahora los encomiendo al Señor y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la parte de la herencia que les corresponde, con todos los que han sido santificados. 33En cuanto a mí, no he deseado ni plata ni oro ni los bienes de nadie. 34Ustedes saben que con mis propias manos he atendido a mis necesidades y a las de mis compañeros. 35De todas las maneras posibles, les he mostrado que así, trabajando duramente, se debe ayudar a los débiles, y que es preciso recordar las palabras del Señor Jesús: "La felicidad está más en dar que en recibir". 36Después de decirles esto, se arrodilló y oró junto a ellos. 37Todos se pusieron a llorar, abrazaron a Pablo y lo besaron afectuosamente, 38apenados sobre todo porque les había dicho que ya no volverían a verlo. Después lo acompañaron hasta el barco.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial

Salmo 68 (67), 29-30. 33-36c (R.: 33a)

R. ¡Canten al Señor, reinos de la tierra!

29Tu Dios ha desplegado tu poder: ¡sé fuerte, Dios, tú que has actuado por nosotros! 30A causa de tu Templo, que está en Jerusalén, los reyes te presentarán tributo. R.

33¡Canten al Señor, reinos de la tierra, entonen un himno a Dios, 34al que cabalga por el cielo, por el cielo antiquísimo! El hace oír su voz poderosa, 35¡reconozcan el poder de Dios! R.

Su majestad brilla sobre Israel y su poder, sobre las nubes. 36Tú eres temible, oh Dios, desde tus santuarios. El Dios de Israel concede a su pueblo el poder y la fuerza. ¡Bendito sea Dios! R.

 

Versículo antes del Evangelio: Juan 17, 17.

“Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad”

Evangelio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (17, 6ª. 11b-19)

Que sean uno, como nosotros

6aManifesté tu Nombre a los que separaste del mundo para confiármelos. 11bPadre santo, cuida en tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros. 12Mientras estaba con ellos, cuidaba en tu Nombre a los que me diste; yo los protegía y no se perdió ninguno de ellos, excepto el que debía perderse, para que se cumpliera la Escritura. 13Pero ahora voy a ti, y digo esto estando en el mundo, para que mi gozo sea el de ellos y su gozo sea perfecto. 14Yo les comuniqué tu palabra, y el mundo los odió porque ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 15No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno. 16Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. 17Conságralos en la verdad: tu palabra es verdad. 18Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo. 19Por ellos me consagro, para que también ellos sean consagrados en la verdad.

Palabra del Señor.

Comentario:

En el estilo de San Juan, esta manera de referirse a Dios como “Padre Santo” implica y muestra las similitudes con la oración del Padre Nuestro, contenida en los sinópticos. En este pasaje Jesús no enseña a orar, sino que ora por sus discípulos. Recalca que su presencia con los discípulos fue de cuidado casi maternal (v. 12), la pérdida del traidor es relacionada con el cumplimiento de la Escritura, quizá con la intención de no escandalizar a la comunidad con la defección –libre, por otro lado– de Judas; o refiriéndose a la cita de Juan 13, 18: “No lo digo por todos ustedes; yo conozco a los que he elegido. Pero es necesario que se cumpla la Escritura que dice: El que comparte mi pan se volvió contra mí” (cita Sal 41, 10  aunque también puede verse Sal 109, 4-8). Jesús hace una breve historia de su misión en la tierra y, a continuación, pasa a hablar del presente en el v. 13. La perspectiva actual es de mucho dolor (el mundo los odia: v. 14) y un sufrimiento constante (“no te pido que los saques del mundo”: v. 15a) pero sin derrota definitiva, o al revés, con victoria final (“sino que los preserves del Maligno”: v. 15b). El sufrimiento es propio de la vida del creyente, la única diferencia con los del “mundo” es que el creyente padece el sufrimiento, pero no lo provoca. La última petición del Padrenuestro solicitaba eso… líbranos del mal (Maligno) (Mt 6, 13), que, en último término, es la instigación satánica de odio homicida (8, 44: “Ustedes tienen por padre al demonio y quieren cumplir los deseos de su padre. Desde el comienzo él fue homicida y no tiene nada que ver con la verdad, porque no hay verdad en él”). La consagración “en la verdad” (v. 17) tiene relación con 8, 44: el demonio es el padre de la mentira. En las expresiones de Jesús se establece la diferencia entre dos mundos: el del Padre Bueno y el del Maligno: uno, el primero, es verdadero, lleno de paz y amor fraterno; el otro, el segundo, es falso-mentiroso, lleno de maldad y de odio homicida. Pero, así como Jesús fue enviado al “mundo” para redimirlo, así, sus discípulos son enviados para la misma misión (v. 18). El Padre envía a Jesús, Jesús envía a sus discípulos. La “consagración” jesuánica implica, en primer lugar, la “dedicación a Dios” (ver Lev 19, 2; 20, 26) y, en segundo lugar, una “capacitación para la misión” (p.e.  Ex 28, 36-39). Como dice Luis Alonso Schökel: “En vez de rito de consagración, Dios emplea la verdad, es decir, su palabra que ha de ser recibida con fe y cumplida” (comentarios de la Biblia del Peregrino a Juan 17, 17.19).

 

Meditemos:

En definitiva, el relato evangélico que la Iglesia hoy propone, nos invita a la reflexión sobre el lugar que nosotros ocupamos en la historia de la salvación.

  1. ¿Somos del mundo o de Dios?
  2. ¿Aceptamos, por la fe, la consagración a la verdad?
  3. ¿Hacemos realidad la misión que Jesús nos ha encargado?

Son preguntas que exigen una respuesta aquí y ahora.

 


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