Domingo 21 – 12° DURANTE EL AÑO – Verde / Misa: del Propio. Gloria. Credo – Liturgia de las horas: del Propio. 4da semana para el Salterio. 12va semana.
Primera Lectura
Lectura del libro de Job 38, 1. 8-11
Aquí se romperá la arrogancia de tus olas
1El Señor respondió a Job desde la tempestad, diciendo: 8¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del seno materno, 9cuando le puse una nube por vestido y por pañales, densos nubarrones? 10Yo tracé un límite alrededor de él, le puse cerrojos y puertas, 11y le dije: "Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas".
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 107 (106), 23-24. 25-26. 28-29. 30-31 (R.: 1)
R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!
23Los que viajaron en barco por el mar, para traficar por las aguas inmensas, 24contemplaron las obras del Señor, sus maravillas en el océano profundo. R.
25Con su palabra desató un vendaval, que encrespaba las olas del océano: 26ellos subían hasta el cielo, bajaban al abismo, se sentían desfallecer por el mareo. R.
28Pero en la angustia invocaron al Señor, y él los libró de sus tribulaciones: 29cambió el huracán en una brisa suave y se aplacaron las olas del mar. R.
30Entonces se alegraron de aquella calma, y el Señor los condujo al puerto deseado. 31Den gracias al Señor por su misericordia y por sus maravillas en favor de los hombres. R.
Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 14-17
Lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente
14Porque el amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. 15Y él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. 16Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así. 17El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.
Palabra de Dios.
Aleluya antes del Evangelio: Lucas 7, 16
“Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo”
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-41
¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!
35Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla". 36Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. 37Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. 38Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. 39Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. 40Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?". 41Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen".
Palabra del Señor.
Comentario:
El evangelio de este domingo nos presenta un gesto de Jesús que manifiesta todo el poder divino: calma la tempestad. El evangelio está preparado por la primera lectura, en la que Dios habla a Job y le recuerda su poder sobre el mar. La segunda lectura nos presenta otra perspectiva, porque habla del amor de Cristo, que murió por todos los hombres: Jesús no usó su poder de hacer milagros para escapar de la muerte, sino que ofreció su vida por nosotros.
El fragmento del Evangelio de Marcos nos muestra a Jesús, que parte con los apóstoles en la barca para ir a la otra orilla del lago de Galilea. Se levanta una fuerte tempestad de viento en el lago. El lago de Galilea se encuentra situado a doscientos metros bajo el nivel del mar, y las tempestades son frecuentes en él. La razón es que el viento llena este espacio, provocando fenómenos violentos. La tempestad que sobreviene mientras Jesús y sus discípulos están en el lago es verdaderamente peligrosa: las olas rompen contra la barca, hasta el punto de que ahora está llena de agua.
Jesús se encuentra en la popa y duerme sobre un cojín. Se manifiesta aquí en su humanidad: duerme, a pesar del estrépito del viento; está cansado a causa de todas las fatigas de su ministerio, y siente necesidad de dormir.
Los discípulos le despiertan y le dicen: “Maestro, ¿no te importa que naufraguemos?”. Podemos señalar aquí la espontaneidad y la inmediatez de estas palabras de los discípulos.
Jesús se despierta, grita al viento y dice al mar: “¡Calla, enmudece!”. Cesa el viento y sobreviene una gran bonanza. Vemos un gran contraste entre la humanidad sencilla de Jesús –“lo recogieron tal como estaba en la barca”, dice Marcos; Jesús duerme después en la barca- y su acción divina -grita al viento y le da una orden al mar, que obedece de inmediato: “El viento cesó y sobrevino una calma perfecta”-.
Tras haber restaurado la calma, Jesús lanza este reproche a los discípulos: “¿Por qué son tan cobardes?, ¿aún no tienen fe?”. Los discípulos no han tenido fe, aunque él estaba con ellos. Es verdad que su presencia parecía una simple presencia humana, y no divina. Precisamente por eso es necesaria la fe, para ir más allá de las apariencias y reconocer que Jesús es realmente el Señor.
Este milagro suscita un gran temor en los discípulos, porque es una manifestación del poder divino. Se dicen los unos a los otros: “¿Quién es éste, que le obedecen hasta el viento y el lago?”. La respuesta a esta pregunta nos resulta fácil a nosotros, que conocemos la historia de Jesús, sabemos que él es el Hijo de Dios concebido por obra del Espíritu Santo y que se hizo hombre para salvarnos. Es verdaderamente Dios y, por consiguiente, tiene todo poder en el cielo y en la tierra; tiene un poder divino, porque sólo Dios puede dar órdenes al mar.
En la primera lectura dice el Señor a Job: “¿Quién cerró el mar con una puerta cuando salía impetuoso del seno materno...? Cuando le impuse un límite con puertas y cerrojos y le dije: “Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí cesará la arrogancia de tus olas”?”.
Los hombres no tienen poder sobre los elementos naturales. Cuando éstos se desencadenan, los hombres se encuentran en una situación de grave peligro y carecen de la posibilidad de resistir a semejante violencia. Dios, en cambio, es más grande que todo y tiene poder sobre todos los elementos de la naturaleza. Jesús participa de este poder, y lo demuestra en este episodio a fin de suscitar una gran fe en los discípulos.
El episodio es también significativo para nosotros. Cuando nos encontramos en una situación de peligro, cuando nos sorprende una tempestad de cualquier tipo, pensamos que Jesús está ausente, que no puede o no quiere intervenir. Sin embargo, como hicieron los discípulos, debemos ir a él y decide con una gran confianza: “Maestro, ¿no te importa que naufraguemos?”. Debemos decirlo con fe. Si no tenemos fe, nuestra situación se vuelve verdaderamente desesperada, porque nuestra falta de fe impide la intervención del Señor.
La segunda lectura nos presenta una perspectiva diferente. Pablo recuerda a los corintios que Cristo murió por nosotros. Jesús no usó su poder de hacer milagros para escapar de la muerte; no hizo ningún milagro para sí mismo en la cruz. Sus adversarios le desafiaron, diciendo: “Si eres el Hijo de Dios, ¡sálvate a ti mismo!” (Lc 23, 37); “Si eres Hijo de Dios, ¡baja de la cruz!” (Mt 27, 40). En realidad, tiene la capacidad de bajar de la cruz de una manera milagrosa, pero no quiere hacerlo. ¿Por qué? Por amor a nosotros.
Jesús nos amó y se entregó él mismo a la muerte por nosotros. Afirma Juan: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1). Jesús nos amó hasta el extremo, esto es, hasta padecer la muerte por nosotros. Este hecho cambia nuestra situación por completo. Pablo declara: “El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos murieron”. Jesús nos tomó a todos consigo en su muerte, a fin de transformar nuestra vida.
“Murió por todos para que los que viven no vivan para sí, sino para quien por ellos murió y resucitó”. Jesús murió por amor, a fin de que nosotros vivamos en el amor. Se ha producido una inversión de nuestra situación: si Jesús murió por nosotros por amor, ya no tenemos derecho a vivir de una manera egoísta para nosotros mismos, sino que debemos vivir para él y acoger la vida nueva que él nos ha obtenido con su pasión y su muerte, una vida caracterizada ante todo por un amor extremo.
En consecuencia, debemos renunciar por completo a nuestro egoísmo y acoger en nosotros el dinamismo del amor de Cristo, que nos lleva a vivir para los otros y a buscar su salvación mejor que nuestros intereses.
Pablo afirma, a continuación: “Nosotros en adelante a nadie consideramos con criterios humanos; y si un tiempo consideramos a Cristo con criterios humanos, ahora ya no lo hacemos”. El apóstol quiere hacernos comprender que nuestra manera de ver las cosas ya no puede ser una manera simplemente humana. Por consiguiente, deberíamos decir frente a cada persona: “Es una persona por la que Cristo ha muerto, una persona a la que él le ha ofrecido una vida nueva”.
Tampoco nosotros mismos conocemos ya a Jesús según la carne. Los discípulos que le conocieron antes de la pasión ya no le conocen del mismo modo después de su pasión. Saben, en efecto, que él ha transformado radicalmente su condición humana por medio de su pasión y que ahora se encuentra en otro nivel de existencia. También nosotros debemos alcanzar a Jesús en su nueva condición. Se trata de una existencia en la que lo que domina y somete ya no es la carne, sino que es el Espíritu el que lo dirige todo: el Espíritu, cuyo fruto es la paz, la alegría y el amor (cf. Ga15, 22).
“Si uno es cristiano -dice Pablo-, es criatura nueva”. Lo es precisamente porque es un ser creado por el Espíritu Santo. “Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo”. Ésta es la novedad maravillosa de la resurrección de Jesús, que se ha convertido para nosotros en un espíritu que da vida.
En la Eucaristía acogemos la vida nueva de Cristo resucitado. Él se ha hecho pan vivo a fin de comunicamos esta vida. Se trata de una vida animada completamente por el Espíritu, enteramente dócil al Espíritu y abierta a las relaciones generosas con todos nuestros hermanos y hermanas. Card. Albert Vanhoye, SI.
Meditemos:
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