Domingo 28 – 13° DURANTE EL AÑO – Verde / Misa: del Propio. Gloria. Credo – Liturgia de las horas: del Propio. 1ras Vísperas de Solemnidad. 1da semana para el Salterio. 13ra semana.
Primera Lectura
Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24
La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo
113Porque Dios no ha hecho la muerte ni se complace en el perdición de los vivientes. 14El ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra. 15Porque la justicia es inmortal. 223Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, 24pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 30 (29), 2 y 4. 5-6. 11 y 12ª. 13b (R.: 2a)
R. ¡Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste!
2Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí. 4Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.
5Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, 6porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría. R.
11Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor". 12Tú convertiste mi lamento en júbilo, 13para que mi corazón te cante sin cesar. ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.
Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 8, 7. 9. 13-15
Su abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres
7Y ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud por los demás, y en el amor que nosotros les hemos comunicado, espero que también se distingan en generosidad. 9Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. 13No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. 14En el caso presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes. Así habrá igualdad, 15de acuerdo con lo que dice la Escritura: El que había recogido mucho no tuvo de sobra, y el que había recogido poco no sufrió escasez.
Palabra de Dios.
Aleluya Cf. 2 Timoteo 1, 10
“Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte y sacó a la luz la vida, por medio del Evangelio”
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Marcos 5, 21-43
Contigo hablo, niña, levántate
21Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y él se quedó junto al mar. 22Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, 23rogándole con insistencia: "Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva". 24Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados. 25 Se encontraba allí una mujer que desde hacia doce años padecía de hemorragias. 26Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. 27Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, 28porque pensaba: "Con sólo tocar su manto quedaré curada". 29Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal. 30Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: "¿Quién tocó mi manto?". 31Sus discípulos le dijeron: "¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?". 32Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. 33Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a los pies y le confesó toda la verdad. 34Jesús le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad". 35Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: "Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?". 36Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: "No temas, basta que creas". 37Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, 38fue a casa del jefe de la sinagoga. Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. 39Al entrar, les dijo: "¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme". 40Y se burlaban de él. Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con él, entró donde ella estaba. 41La tomó de la mano y le dijo: "Talitá kum", que significa: "¡Niña, yo te lo ordeno, levántate". 42En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, 43y él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que le dieran de comer.
Palabra del Señor.
Comentario:
La liturgia nos propone hoy en la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, una perspectiva general sobre la muerte y la vida, sobre el bien y el mal. El evangelio corresponde a esta lectura, porque muestra a Jesús como fuente de vida: Jesús, no sólo cura con un simple contacto a una mujer que sufre de hemorragias, sino que resucita a una muchacha muerta. Pablo habla a los corintios, en la segunda lectura, de la colecta realizada en favor de los pobres de la Iglesia de Jerusalén.
El libro de la Sabiduría no vacila en decir que “Dios no hizo la muerte”. Ésta no viene de Dios, sino que “entró en el mundo por la envidia del diablo y los de su partido pasarán por ella”. En el libro del Génesis se cuenta, en efecto, la creación de todos los seres de Dios, y se repite cada vez como un estribillo: “Y vio Dios que era bueno” (Gn 1, 10. 12. 18. 21. 25. 31). Por consiguiente, la creación, obra de Dios, es buena. Dios es fuente de vida, fuente de bien, y su intención siempre es positiva. Afirma el libro de la Sabiduría: “Las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte”.
Sin embargo, el diablo arruinó en parte esta obra de Dios con la tentación y el pecado y, por consiguiente, también con la muerte. Pablo afirma en la Carta a los Romanos: “Por un hombre penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte” (Rom 5, 12).
La intención de Dios al crear al hombre era positiva: “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo imagen de su propio ser”. Dios creó al hombre a su imagen, es decir, lo creó para la inmortalidad, para asociado a su vida divina bienaventurada: una vida de amor total, una vida en que no hay nada malo. El libro de la Sabiduría declara que la justicia es inmortal; por eso los infiernos no reinan sobre la tierra.
Jesús se muestra en el evangelio en plena sintonía con esta intención divina. Ha venido al mundo para hacer la voluntad del Padre, que es una voluntad de salvación, de vida y de amor.
Jairo, el jefe de la sinagoga, se llega a él porque su hijita está en las últimas. Le ruega con insistencia: “Ven y pon las manos sobre ella para que se cure y conserve la vida”. Reconoce en Jesús la fuente de la vida. Jesús acepta de inmediato, con una extraordinaria disponibilidad, ir con él a su casa.
Marcos, que nos proporciona una descripción muy viva y realista de este episodio, refiere que “lo seguía una gran multitud que lo estrujaba”. Entre esta multitud se encuentra una mujer enferma de hemorragias desde hace doce años y que ha sufrido mucho a causa de muchos médicos y -añade Marcos, con cierta ironía- “se había gastado la fortuna sin mejorar, antes empeorando”. Se trata, por consiguiente, de una mujer que sufre por una enfermedad verdaderamente tenaz y que no ha conseguido vencer.
Esta mujer ha oído hablar de Jesús, de su bondad y de su misericordia, así como de su poder. Así nació en ella el deseo de aprovechar esta bondad y poder de Jesús. De ahí que, mezclada entre la multitud, se acerque a él.
Según la mentalidad de los judíos, esta mujer se encuentra en un estado de impureza. En efecto, la hemorragia, como cualquier pérdida de sangre, era considerada por los judíos una impureza, que se transmite a quien toque la persona enferma.
Esta mujer se atreve a tocar el manto de Jesús, a pesar de que la ley de Moisés prohíbe el contacto con otras personas en caso de impureza. Piensa: “Con sólo tocar su manto, me curaré”. Esta mujer demuestra tener una gran fe, una fe audaz, que no busca ninguna manifestación exterior, sino que se contenta con un simple toque. Y, en efecto, después de haber tocado el manto de Jesús, advierte en su cuerpo que está curada.
Jesús se da cuenta de este toque; se vuelve hacia la multitud y pregunta: “¿Quién me ha tocado el manto?”. Jesús no quiere hacer un milagro que sea, por así decido, automático, sino que quiere establecer un contacto personal con el que lo recibe. Esto es muy importante: los milagros son ocasiones de contacto con Jesús, de fe explícita y, por consiguiente, de curación no sólo física, sino también espiritual.
Los discípulos dicen a Jesús: “Ves que la gente te está apretujando ¿y preguntas quién te ha tocado?”. Pero Jesús sabe lo que dice: no se refiere a un toque cualquiera, sino a un toque especial, que ha provocado la emanación de una fuerza espiritual capaz de curar.
La mujer, atemorizada, temblorosa, se postra ante él y le dice toda la verdad; confiesa que le ha tocado a pesar de la impureza que la afecta. Jesús le dice entonces: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y sigue sana de tu dolencia”.
Jesús establece de este modo un contacto personal con esta mujer, confirma su fe y el efecto positivo de la misma, y hace que se marche en paz con la alegría profunda de haber tenido un contacto con Jesús y, por consiguiente, de estar curada no sólo desde el punto de vista físico, sino también desde el espiritual.
Entre tanto, algunos amigos del jefe de la sinagoga vienen a decirle: “Tu hija ha muerto. No importunes al Maestro”. Jairo le había pedido a Jesús la curación de su hija; ahora, sin embargo, ya no hace falta pedirla. La gente piensa que, si la muchacha ha muerto, Jesús ya no puede hacer nada. Él, en cambio, está seguro de que podrá intervenir y sólo le pide a Jairo que tenga fe: “No temas, basta que tengas fe”. '
Estas palabras tienen una gran importancia para nosotros. Cuando nos encontramos en dificultades, cuando parece que el Señor no quiere intervenir, cuando no vemos la solución de un problema, debemos escuchar a Jesús, que nos dice: “No temas, basta que tengas fe”. Las dificultades deben ser ocasiones de progreso en la fe, y no de renuncia a la fe y a la esperanza.
Así pues, Jesús prosigue su camino hacia la casa de Jairo y, cuando llega, ve un gran alboroto y a personas que lloran y gritan. Así es como expresan el luto y el dolor en los países orientales. Pero Jesús dice a la gente: “¿A qué viene este alboroto yesos llantos? La niña no está muerta, sino dormida”. Para Jesús, la muerte es como un sueño, y él es capaz de despertar de este sueño.
Por otra parte, Jesús no quiere suscitar un entusiasmo extraordinario por su acción milagrosa; quiere intervenir con una gran bondad y generosidad, pero no busca el éxito. Se trata de una constante en su comportamiento. En todos los evangelios, y de una manera particular en el de Marcos, pide a quien ha obtenido una gracia importante que no hable de ella, que no difunda la noticia.
Tras haber echado a todos fuera, Jesús toma consigo sólo al padre y a la madre de la niña y a los tres apóstoles que le habían acompañado: Pedro, Santiago y Juan. Entra en la estancia de la niña, le coge la mano y le dice simplemente, en lengua aramea: “Talitha qum (que significa: Chiquilla, te lo digo a ti, levántate)”.
A estas palabras de Jesús, la niña se levanta y se pone a caminar. Todos fueron presa del asombro. Sólo Jesús permanece en calma, y recomienda con insistencia que nadie dé a conocer este milagro. A continuación, vuelve a manifestar su bondad y su solicitud por la niña, ordenando que le den de comer. La gente no piensa en ello, tal vez porque se ha quedado asombrada por el milagro, pero Jesús se preocupa también de estas cosas pequeñas, aunque esenciales en la vida.
Podemos observar en este episodio cómo se manifiesta –de una manera vivaz, aunque asimismo muy espontánea– el poder de vida que procede de Jesús. Los milagros se han contado para que nosotros tengamos fe en ese poder de Jesús. Él es fuente de vida: no sólo de la vida física, sino también, y sobre todo, de la espiritual, de la vida creada a imagen de Dios, como dice el Génesis.
Nuestra vida no debe estar preocupada sólo por las necesidades materiales, sino que, por ser plenamente don de Dios, debe ser también una vida espiritual, de fe, de esperanza y caridad.
Pablo invita a los corintios en la segunda lectura a ser generosos participando en la colecta organizada en favor de los pobres de la Iglesia de Jerusalén. La comunidad de Jerusalén era pobre. Sabemos que el año anterior a aquél en que escribe Pablo esta carta, se había producido una carestía, que había agotado todos los recursos de la gente, y la Iglesia se encontraba en dificultades. Pablo toma la iniciativa de organizar una colecta, que debe tener también la finalidad de estrechar unos vínculos más fuertes entre las iglesias procedentes del paganismo y la Iglesia madre de Jerusalén, compuesta por judíos.
El apóstol muestra en la exhortación agudeza e ingenio a la hora de llevar adelante esta iniciativa suya. Empieza piropeando a los corintios: “Y como tenéis abundancia de todo, de fe, elocuencia, conocimiento, fervor para todo, afecto a nosotros, tened también abundancia de esta generosidad”. Puesto que sobresalen en todo, deben hacerlo también en esta obra generosa.
Pablo recuerda, a continuación, a los corintios el ejemplo de Cristo: “Conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, por vosotros se hizo pobre para enriqueceros con su pobreza”. Jesús era rico: en cuanto Hijo de Dios, poseía todas las riquezas; pero se hizo pobre por nosotros, es decir, aceptó asumir la condición de siervo (cf. Flp 2, 7), y eso para que nosotros llegáramos a ser ricos por medio de su pobreza.
Si queremos obtener las riquezas de Cristo, debemos seguirle en su camino de pobreza. No es posible obtener de manera inmediata o automática esas riquezas; debemos seguir el camino paradójico trazado por Jesús, el camino de la pobreza, entendida como condición de verdadera caridad, para llegar a ser ricos de su riqueza espiritual, divina.
Pablo da a los corintios una serie de consejos muy equilibrados: “No se trata de aliviar a otros pasando vosotros apuros, sino de lograr la igualdad. Que vuestra abundancia remedie por ahora su escasez, de modo que un día la abundancia de ellos remedie vuestra escasez”. De este modo, se establece un intercambio, una puesta en común de los bienes –tanto materiales como espirituales–; así se lleva a cabo una unión fraterna bien real, y todos crecen en la caridad.
El apóstol cita un pasaje del libro del Éxodo referente al maná para apoyar su argumentación: “Como está escrito: "A quien recogía mucho [mucho maná] no le sobraba, a quien recogía poco no le faltaba"”. Dios quiere cierta igualdad; no quiere que haya ricos que tienen muchas cosas superfluas y pobres que carecen de todo. Quiere que compartamos lo que tenemos, a fin de vivir cada vez más plenamente en su amor.
Acojamos también esta enseñanza de Pablo, que completa la visión de fe que nos da el evangelio de hoy. (Cardenal Albert Vanhoye, SI)
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