sábado, 04 de julio de 2009

 Domingo 05 – 14° DURANTE EL AÑO – Verde / Misa: del Propio. Gloria. Credo – Liturgia de las horas: del Propio. 1ras Vísperas de Solemnidad. 2da semana para el Salterio. 14ra semana.

Primera Lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 2-5

Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos

2Cuando me habló, un espíritu entró en mí y me hizo permanecer de pie, y yo escuché al que me hablaba. 3El me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres se han sublevado contra mí hasta el día de hoy. 4Son hombres obstinados y de corazón endurecido aquellos a los que yo te envío, para que les digas: "Así habla el Señor". 5Y sea que escuchen o se nieguen a hacerlo -porque son un pueblo rebelde- sabrán que hay un profeta en medio de ellos.

Palabra de Dios

Salmo Responsorial

Salmo responsorial Sal 123 (122), 1-2a. 2bcd. 3-4 (R.: 2cd)

R¡Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia!

1A ti levanto mis ojos, tú que habitas en el cielo. 2Lo mismo que los ojos de los siervos miran a la mano de sus amos. R.

Lo mismo que los ojos de la sierva miran a la mano de su señora, nuestros ojos miran a Yahvé, nuestro Dios, esperando que se apiade de nosotros. R.

3¡Piedad, Yahvé, ten piedad, que estamos hartos de desprecio! 4Estamos por demás saturados del sarcasmo de los satisfechos. ¡Los soberbios merecen el desprecio! R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12, 7b-10

Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo

7Para que no me engría con la sublimidad de esas revelaciones, me fue dado un aguijón a mi carne, un ángel de Satanás que me abofetea para que no me engría. 8Por este motivo tres veces rogué al Señor que se alejase de mí. 9Pero él me dijo: "Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza". Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. 10Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte.

Palabra de Dios.

Aleluya: Lucas 4, 18

“El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 1-6

No desprecian a un profeta más que en su tierra

1Salió de allí y vino a su patria, y sus discípulos le siguen. 2Cuando llegó el sábado se puso a enseñar en la sinagoga. La multitud, al oírle, quedaba maravillada, y decía: "¿De dónde le viene esto? y ¿qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¿Y esos milagros hechos por sus manos? 3¿No es éste el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, Joset, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí entre nosotros?" Y se escandalizaban a causa de él. 4Jesús les dijo: "Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio." 5Y no podía hacer allí ningún milagro, a excepción de unos pocos enfermos a quienes curó imponiéndoles las manos. 6Y se maravilló de su falta de fe. Y recorría los pueblos del contorno enseñando.

Palabra del Señor.

Comentario:

¿De dónde saca todo esto? Jesús había vuelto a su pueblo. Un día sábado común, normal, un sábado cualquiera Jesús llega y comienza a enseñar en la sinagoga. La multitud se asombra, ¿de dónde saca estas palabras, de dónde esta sabiduría, de dónde estos milagros? Ellos lo conocen, saben quién es, Él se ha criado con ellos su familia es muy conocida para ellos.

Hay un refrán que dice “pueblo chico infierno grande” como queriendo indicar que al ser tan pocos los que viven en esa comunidad es fácil conocer la vida y obra de todas las personas llegando así a la posibilidad de convertir la vida comunitaria en un “infierno”. Nosotros, en nuestro barrio, en nuestra comunidad, también podemos vivir un infierno. Como en Nazaret, muchas veces sabemos de memoria la vida, corregida y aumentada, de tantos “Jesús” que andan sueltos por ahí. Como en Nazaret, también podemos llegar a “encasillar” en su historia pasada a muchas personas. Como en Nazaret, nosotros también, muchas veces, nos echamos en cara cosas que hicimos mal, errores cometidos, que salen a relucir en momentos de celos, envidias o ¿por qué no? enojo: “Mirala a esta, qué se viene a hacer la buena ahora, si antes...“, “Miralo a este, se hace el santo, vamos a ver cuánto le dura”.  

Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa. Jesús se asume como profeta y asume el costo de serlo. Él sabe muy bien que su sabiduría y los milagros que esta produce provienen de lo alto, ¿cómo no va a saberlo si es el mismo Dios que se hizo carne? Este rechazo de su propio pueblo, de su propia familia, en su propia casa irá modelando el compasivo corazón de Jesús para la gran tarea de cargar la cruz por nuestra salvación. No sólo es predicar, no sólo es proclamar la Palabra, no sólo hacer grandes milagros, sino también, y sobre todo, asumir proféticamente el desprecio de aquellos que, viviendo en el pecado de la ignorancia, tienen hacia las cosas de Dios.

Nosotros también somos profetas. En nombre de Dios predicamos un mensaje que no es nuestro, no hablamos de nosotros, hablamos en nombre del Dios de la vida, llevamos su presencia en todos lados, nuestra palabra es testimonio de que el Dios vivo está presente y quiere reinar en todos los corazones humanos. Pero lo que predicamos abiertamente a las multitudes muchas veces es rechazado fuertemente en la intimidad de nuestra casa. Los que estamos en las cosas de Dios, sabemos claramente cuán difícil es evangelizar el propio hogar, cuán difícil es predicar a nuestros seres queridos. Y allí también como Jesús, empezamos a cargar la cruz de la incomprensión, de los celos y envidias, del rechazo, muchas veces violento de quienes dicen amarnos. Al igual que Jesús, somos motivo de escándalo y al igual que Jesús, somos rechazados por ellos. Por eso, vos, que querés ser profeta de Dios, nunca te olvides que, para serlo de verdad, deberás primero cargar la cruz del desprecio en tu pueblo, en tu familia y en tu casa. Amén.

Y Él se asombraba de su falta de fe. A pesar del refrán pronunciado por Jesús, la palabra final de este relato es asombro, Jesús se asombra, queda sorprendido, le parece inaudito, lo confunde, lo turba la falta de fe. Él sabe que “no puede actuar si no le creen: necesita la fe de aquellos que le acogen, que reciben su palabra, dejando que la fuerza de la libertad de Dios transforme su vida. A los humanos sólo se les puede cambiar en humanidad, con fe. Jesús no ha encontrado fe con los nazarenos, ha sido rechazado en su patria. Así, rechazado, fracasado, sin milagros, tiene que irse de su pueblo y sinagoga (6, 5-6). Ya no volverá a Nazaret, no entrará más en la sinagoga de los judíos” (Xabier Pikaza, La Iglesia en Marcos, p. 139).

¿Qué mató la fe de los nazarenos? Dos cosas: la rutina y los chismes.

Se habían acostumbrado a sus asambleas de Palabra divina pronunciada y no escuchada, de Amor expresado y no vivido, de gestos vacíos sin contenido, eran sepulcros blanqueados. A eso nos lleva la costumbre: a la rutina. Nos volvemos autómatas, pequeñas máquinas, sin una pizca de vida interior. Nosotros también vamos a Misa todos los domingos, cantamos, oramos, escuchamos la Palabra. ¿En verdad lo hacemos? La mayoría de nosotros va a Misa para cumplir con Dios y, como si estuviéramos barnizados, todo lo que la Palabra nos indica ni siquiera llega a traspasar la cáscara que tenemos. Quizás sería bueno que mientras esto sea así, en vez de decir “soy de la Parroquia tanto y tanto”, o “de la comunidad bíblica tanto y tanto”, dijéramos: “soy de la Parroquia Pueblo de Jesús en Nazaret”, “soy de la comunidad bíblica Pueblo de Jesús en Nazaret”. Creo que así salvaríamos un poquito la sinceridad que nos queda para no cometer la misma locura que cometieron los paisanos de Jesús: de expulsarlo de nuestro pueblo y casa.

Los chismes son el pan nuestro de cada día en todo lugar. En muchos de nosotros existe una necesidad casi morbosa de saber y opinar sobre la vida de los otros. Si bien hay chismes y murmuraciones que desgraciadamente llegaron a destruir vidas y familias enteras, lo peor que puede hacer un chisme es quitarnos la capacidad de tener fe, o, humanamente hablando, confianza. Los chismes destruyen la confianza, destruyen la credibilidad del otro, matan la fe, asesinan brutalmente la posibilidad de que el otro me enriquezca, de que el otro comunique vida. Hay muchas cosas malas que nos pueden pasar como comunidad, una de ellas es ser una comunidad de chismosos, de murmuradores; por eso, para no morir a  la fe, para que el Señor no se asombre de nuestra falta de fe, empecemos por cerrar nuestros oídos al chisme, impidamos que nos carcoma por dentro, pongamos un freno, no importa si es duro o brusco, a toda intención de chusmerío o maledicencia por murmuración que haya entre nosotros. Hazlo así, aunque te cueste, y no te arrepentirás porque verás en vos, crecer las ramas frondosas, las hojas brillantes, del árbol de la fe.

Meditemos:

  1. Los chismes y murmuraciones de los nazarenos, más su costumbre rutinaria les llevaron a rechazar al Mesías: Nosotros ¿Hacemos lo mismo?
  2. ¿Cómo romper con la rutina y los chismes en nuestra comunidad? ¿Se puede?
  3. En mi casa, en mi familia: ¿Cómo ven mi pertenencia a la Iglesia? ¿Tengo problemas?

 


Tags: lectura diaria, misa, liturgia, leccionario, biblia, evangelio

Publicado por Desconocido @ 22:41
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