Jueves 06 – Memoria Obligatoria: La Transfiguración del Señor – Blanco / Misa: del Propio. Gloria. Lecturas Propias. Prefacio Propio. – Liturgia de las horas: del Propio. Primer jueves de mes.
Primera lectura
Lectura de la profecía de Daniel 7, 9-10. 13-14
Su vestido era blanco como nieve
9Yo estuve mirando hasta que fueron colocados unos tronos y un Anciano se sentó. Su vestidura era blanca como la nieve y los cabellos de su cabeza como la lana pura; su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente. 10Un río de fuego brotaba y corría delante de él. Miles de millares lo servían, y centenares de miles estaban de pie en su presencia. El tribunal se sentó y fueron abiertos unos libros. 11Yo miraba a causa de las insolencias que decía el cuerno: estuve mirando hasta que el animal fue muerto, y su cuerpo destrozado y entregado al ardor del fuego. 12También a los otros animales les fue retirado el dominio, pero se les permitió seguir viviendo por un momento y un tiempo. 13Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta él. 14Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Salmo 97 (96), 1-2. 5-6. 9 (R.: 1a y 9a)
R. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.
1¡El Señor reina! Alégrese la tierra, regocíjense las islas incontables. 2Nubes y Tinieblas lo rodean, la Justicia y el Derecho son la base de su trono. R.
5Las montañas se derriten como cera delante del Señor, que es el dueño de toda la tierra. 6Los cielos proclaman su justicia y todos los pueblos contemplan su gloria. R.
9Porque tú, Señor, eres el Altísimo: estás por encima de toda la tierra, mucho más alto que todos los dioses. R.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10
Éste es mi Hijo amado
2Seis días después, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevo a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. 3Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. 4Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. 5Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". 6Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. 7Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo". 8De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. 9Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. 10Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significará "resucitar de entre los muertos".
Palabra del Señor.
Comentario:
Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre para que los hombres sean hijos de Dios. Cuando Pedro, Santiago y Juan vieron a Jesús transfigurado, con sus vestiduras blancas y resplandecientes, vieron a Jesús en sus dos naturalezas: humana y divina. Nosotros tenemos una sola naturaleza, la humana. Pero con el Bautismo somos partícipes de la vida divina. Nos hacemos realmente hijos de Dios. Pero el problema está en que vivimos como si no lo fuéramos. Muchas veces creemos que orar es perder el tiempo; que es más importante escuchar las noticias que escuchar la Palabra de Dios. A veces pensamos que lo importante es pasar bien el día de hoy y nos olvidamos de la vida eterna. Parece que nuestro lema de vida es: “comamos y bebamos que mañana moriremos”. A nosotros háblennos de placer, comodidad y bienestar; nada de esfuerzo, paciencia y esperanza. ¿Es así como debe vivir un hijo de Dios?
Siempre que entre nosotros hay egoísmo, discriminación, indiferencia, odio e injusticia, opacamos o tapamos nuestra dignidad de hijos de Dios, primero, porque jamás pueden salir de Dios semejantes cosas, por lo tanto, tampoco pueden salir de sus hijos; y, segundo, porque necesariamente el ser hijos de Dios implica ser hermanos entre todos los hombres y entre hermanos hay solidaridad, comunión, integración, comprensión, perdón, justicia y amor.
Ojalá en nuestra memoria estuvieran grabadas las palabras de 1Jn 3, 1: “¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente”. Así viviríamos transfigurados, ya no en una montaña y en presencia de tres hombres, sino en nuestra casa, en nuestro barrio, en nuestro trabajo y en presencia de todos los que nos rodean. Nuestra “vestidura” fue blanqueada el día de nuestro Bautismo, ojalá que vuelva a estar resplandeciente hoy y siempre.
Ser testigos de Cristo, es anunciar que Jesús padeció, murió y resucitó para salvarnos. El Evangelio nos dice que “mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos”. Siempre que uno tiene una experiencia de vida espectacular, no puede callarla, “necesita” contarla, quisiera que todos compartan con uno esa alegría. Y en esta ocasión Jesús les pide a sus discípulos algo que parece imposible cumplir. ¿Por qué lo hace entonces? Podemos ver en este mismo pasaje dos razones: En primer lugar, porque si el Padre dice: “Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo”, es porque todavía tenía mucho para enseñarles, es porque todavía tenían mucho por aprender. No era suficiente que lo hayan visto transfigurado, necesitaban seguir escuchándolo. No basta con ver, también hay que escuchar. También nosotros, para “ver” con los ojos de la fe, necesitamos “escuchar” la Palabra de Dios.
En segundo lugar, el Evangelio dice que “ellos cumplieron la orden, pero se preguntaban qué significaría ‘resucitar entre los muertos’”. Repasemos: los discípulos vieron a Jesús transfigurado, lo escucharon y obedecieron. Es decir, se comportaron como muy buenos discípulos, pero para ser testigos faltaba algo fundamental: comprender. No supieron lo que significaba resucitar entre los muertos hasta que vivenciaron la Pascua de Cristo. Una vez que Jesús resucitó, los discípulos comprendieron todo lo que habían visto y escuchado y sólo así estuvieron en condiciones de ser valientes testigos de Cristo.
Ahora, nosotros, quienes compartimos esta comunidad bíblica, semanalmente acrecentamos nuestra fe “escuchando” la Palabra de Dios, compartimos nuestras experiencias de vida y de fe, juntos comprendemos más los contenidos de nuestra fe. Podríamos decir que estamos en muy buenas condiciones para ser también valientes testigos de Cristo. ¿Lo somos? ¿Hemos asumido con responsabilidad la misión que recibimos en nuestra Confirmación de ser testigos de Cristo? Ojalá que todos respondamos sinceramente que sí, que somos comprometidos anunciadores de la Palabra de Dios, que nada nos detiene, que nada nos hace vacilar. Ojalá que todos digamos de corazón como san Pablo: “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Cor 9, 16).
Meditemos:
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