Miércoles 12 – Feria (o Memoria Libre: Santa Juan Francisca de Chantal, religiosa – Blanco) - Verde / Misa: A elección – Liturgia de las horas: a elección.
Primera lectura
Lectura del libro del Deuteronomio 34, 1-12
Murió Moisés, como había dicho el Señor, y ya no surgió otro profeta como él
1Moisés subió de las estepas de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisgá, frente a Jericó, y el Señor le mostró todo el país: Galaad hasta Dan, 2todo Neftalí, el territorio de Efraím y Manasés, todo el territorio de Judá hasta el mar Occidental, 3el Négueb, el Distrito y el valle de Jericó -la Ciudad de las Palmeras- hasta Soár. 4Y el Señor le dijo: "Esta es la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, cuando les dije: "Yo se la daré a tus descendientes". Te he dejado verla con tus propios ojos, pero tú no entrarás en ella". 5Allí murió Moisés, el servidor del Señor, en territorio de Moab, como el Señor lo había dispuesto. 6El mismo lo enterró en el Valle, en el país de Moab, frente a Bet Peor, y nadie, hasta el día de hoy, conoce el lugar donde fue enterrado. 7Cuando murió, Moisés tenía ciento veinte años, pero sus ojos no se habían debilitado, ni había disminuido su vigor. 8Los israelitas lloraron a Moisés durante treinta días en las estepas de Moab. Así se cumplió el período de llanto y de duelo por la muerte de Moisés. 9Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había impuesto sus manos sobre él; y los israelitas le obedecieron, obrando de acuerdo con la orden que el Señor había dado a Moisés. 10Nunca más surgió en Israel un profeta igual a Moisés -con quien el Señor departía cara a cara- 11ya sea por todas las señalas y prodigios que el Señor le mandó realizar en Egipto contra el Faraón, contra todos sus servidores y contra todo su país, 12ya sea por la gran fuerza y el terrible poder que él manifestó en presencia de todo Israel.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 66 (65), 1-3a. 5 y 8. 16-17
R. Bendito sea Dios, que nos ha devuelto la vida.
1¡Aclame a Dios toda la tierra! 2¡Canten la gloria de su Nombre! Tribútenle una alabanza gloriosa, 3 digan a Dios: "¡Qué admirables son tus obras!". R.
5Vengan a ver las obras de Dios, las cosas admirables que hizo por los hombres: 8Bendigan, pueblos, a nuestro Dios, hagan oír bien alto su alabanza. R.
16Los que temen a Dios, vengan a escuchar, yo les contaré lo que hizo por mí: 17apenas mi boca clamó hacia él, mi lengua comenzó a alabarlo. R.
Evangelio
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 18, 15-20
Si te hace caso, has salvado a tu hermano
15Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 16Si no te escucha, busca una o dos personas más, para que el asunto se decida por la declaración de dos o tres testigos. 17Si se niega a hacerles caso, dilo a la comunidad. Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o republicano. 18Les aseguro que todo lo que ustedes aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. 19También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. 20Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos".
Palabra del Señor.
Comentario:
15Si tu hermano peca, ve y corrígelo en privado. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.
Vamos a quedarnos en este primer versículo de la lectura del evangelio de Mateo 18, 15-20 que hacemos hoy:
1.- Si tu hermano peca: fijémonos bien que se plantea en CONDICIONAL la posibilidad de corregir, solo se puede corregir si se SABE que el hermano ha pecado. Muchas veces en nuestras familias y comunidades la “corrección” se hace desde supuestos, desde percepciones puramente subjetivas, donde imaginamos una mala mirada, una actitud negativa del otro hacia mí. Necesitaos serenarnos y esclarecer bien si la otra persona en realidad ha “pecado”, y recién ahí llamarle la atención o corregirlo.
2.- Hermano: la mirada de Mateo se posa sobre una fraternidad, no se trata de cualquier persona de quien no me importa su sufrimiento o dolor, se trata de mi hermano. Y es así como lo presenta el Señor en este evangelio si “tu” hermano… es “mi” hermano, es de mi fraternidad. Hemos gastado las palabras usándolas sin sentido y abusando de ellas, pero pensemos, “hermano” ¿qué significa para mí esa palabra? Si con franqueza reconocemos la entidad de este término la corrección del “hermano” será eso, un intento de hacerle crecer y ayudarle a mejorar su vida.
3.- “corrígelo en privado”. La palabra “corregir” indica básicamente co-regir, es decir, regir. Esto es gobernar, tutelar, mandar… “en” la vida del otro, “con” el otro. Quién corrige se mete a tomar partido y decisiones en la vida de otra persona, es una gran responsabilidad que implica más que el hecho de “cantar las cuarenta”, como se dice, no es un desahogo personal, es entrometerme en la vida del otro para ayudarle. El centro de la corrección no soy yo con mis sensibilidades y dolores ante el pecado ajeno, es el otro que se está equivocando y daña su vida no pudiendo ser feliz. Cuando corregimos estamos “metiéndonos” a ayudar a gobernar lo que, por el pecado, se volvió ingobernable en mi hermano.
4.- si te escucha: la verdad es que muchas veces los que queremos ayudar con la corrección fraterna, bien intencionada y respetuosa, son como sordos que no escuchan. Isaías lo decía de su pueblo: ¡Oigan, ustedes, los sordos; ustedes, los ciegos, miren y vean! (Isaías 42, 18). Generalmente quien se equivoca no ve su error, es incapaz de entender su debilidad. Si la ve, no tiene la fuerza para vencerla. Por eso cuando corregimos debemos ser pacientes y, como maestros, llevar a la persona al descubrimiento progresivo de la verdad. Más que una tarea es un arte, se trata de animarnos a educar en la verdad a los ciegos y sordos por el pecado: “Aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y verán los ojos de los ciegos, libres de tinieblas y oscuridad” (Is 29, 18)
5.- Habrás ganado a tu hermano: Ganar al hermano no es ganarlo para mí. Se gana al hermano para Jesús. Es la imagen del Padre misericordioso que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado” (Lc 15, 23-24). No se gana al hermano para esclavizarlo a mi, para atarlo con un deber de gratitud hacia mí que le he corregido. Esta era la actitud de los fariseos a quienes Jesús criticaba: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para conseguir un prosélito, y cuando lo han conseguido lo hacen dos veces más digno de la Gehena que ustedes!” (Mt 23, 15). Como dice el refrán: “Lo sacamos de Guatemala y lo hacemos entrar en guatepeor”. Muchos se creen dueños de los que llevan a la Iglesia o de quienes en un momento de su vida ayudaron. No nos olvidemos “ganar” al hermano no es hacerme su dueño, es “ganarlo” para Cristo Jesús. Como dice el Apóstol Pablo: “que nadie se gloríe en los hombres… ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios” (1Cor 2, 21. 23)
19También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. 20Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos".
Mateo une la enseñanza de la CORRECCIÓN FRATERNA con la oración comunitaria. Las decisiones de la comunidad son reafirmadas por la presencia real de Jesús en medio de ella. Corregir al hermano lleva a una comunidad a estar más unida y plenamente santificada. La oración comunitaria es el reflejo de una comunidad que se purifica y se anima a ser mejor. Corregir lleva a una oración más unida, mas intima, más de hermanos.
Nos dice Luis Alonso Schökel (Biblia de peregrino, nota a Mt 18, 19-20):
Se puede leer de varias maneras: el acuerdo se debe manifestar también en la oración; o bien: para orar debe haber acuerdo (cfr. Eclo 34, 24). La oración comunitaria es corriente en el salterio; ahora adquiere nuevo sentido por la presencia de Cristo. Se entiende la presencia real de Cristo glorificado, no una mera presencia mental. Los rabinos exigían un mínimo de diez (?) para el culto; Jesús lo reduce a dos o tres.
Meditemos:
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