Domingo 23 – 21º DURANTE EL AÑO – Verde / Misa: del Propio. Gloria. Credo – Liturgia de las horas: del Propio. 1ra semana para el Salterio. 21va semana.
Primera Lectura
Lectura del libro de Josué 24, 1-2ª. 15-17. 18b
Serviremos al Señor, ya que Él es nuestro Dios
1Josué reunió en Siquem a todas las tribus de Israel, y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, a sus jueces y a sus escribas, y ellos se presentaron delante del Señor. 2Entonces Josué dijo a todo el pueblo: 15“Si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir: si a los dioses a quienes sirvieron sus antepasados al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes ahora habitan. Yo y mi familia serviremos al Señor”. 16El pueblo respondió: “Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. 17Porque el Señor, nuestro Dios, es el que nos hizo salir de Egipto, de ese lugar de esclavitud, a nosotros y a nuestros padres, y el que realizó ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios. El nos protegió en todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde pasamos. 18Además, el Señor expulsó delante de nosotros a todos esos pueblos y a los amorreos que habitaban en el país. Por eso, también nosotros serviremos al Señor, ya que él es nuestro Dios”.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 34 (33), 2-3. 16-23
R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor!
2Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios. 3Mi alma se gloría en el Señor; que lo oigan los humildes y se alegren. R.
16Los ojos del Señor miran al justo y sus oídos escuchan su clamor; 17pero el Señor rechaza a los que hacen el mal para borrar su recuerdo de la tierra. R.
18Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias. 19El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos. R.
20El justo padece muchos males, pero el Señor lo libra de ellos. 21El cuida todos sus huesos, no se quebrará ni uno solo. R.
22La maldad hará morir al malvado, y los que odian al justo serán castigados; 23Pero el Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en él no serán castigados. R.
Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 21-33
Este es un gran misterio, se refiere a Cristo y a la Iglesia
21Sométanse los unos a los otros, por consideración a Cristo. 22Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, 23porque el varón es la cabeza de la mujer, como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, que es su Cuerpo. 24Así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido. 25Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, 26para santificarla. El la purificó con el bautismo del agua y la palabra, 27porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada. 28Del mismo modo, los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo. 29Nadie menosprecia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida. Así hace Cristo por la Iglesia, 30por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo. 31Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. 32Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia. 33En cuanto a ustedes, cada uno debe amar a su mujer como así mismo, y la esposa debe respetar a su marido.
Palabra de Dios.
Aleluya Cf. Juan 6, 63c. 68c
“Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida, Tú tienes palabra de Vida eterna”
Evangelio
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 60-69
¿A quién iremos? Tú tienes palabra de vida eterna
60Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. 61Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? 62¿Qué pasará entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? 63El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. 64Pero hay entre ustedes algunos que no creen”. En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. 65 Y agregó: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”. 66Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo.
Palabra del Señor.
Comentario:
Es duro este lenguaje. La Palabra del Señor es como una espada de doble filo: corta por todos lados. La fuerza de su Espíritu nos obliga a elegir entre las obras de la carne, que San Pablo llama las del hombre viejo, y las del espíritu, es decir, las del hombre nuevo. Recibir el mensaje del Señor no es sólo escuchar, es también poner por obra lo que Él nos enseña.
Si habiendo visto los milagros que realizaba el Señor, si habiendo escuchado sus palabras que llevan al cumplimiento lo que anunciaron los profetas, estos discípulos no creen en Jesús y se dedican a murmurar, ¿cómo creerán en lo que falta venir? ¿Cómo aceptarán el milagro de la Resurrección de entre los muertos?
Muchas veces, nos predisponemos a rechazar lo que el Señor nos anuncia. Lo rechazamos porque lo dice fulano o mengano, que no son nadie para decirme algo a mí. Lo rechazamos porque no nos gusta lo que se nos propone: un cambio de mentalidad, una aceptación del poder de Dios, más poderoso que yo, más sabio que yo, más fuerte que yo.
El Espíritu da vida. Nuestro Dios es un Dios de vivos. Nuestra condición de hijos de Dios nos permite vislumbrar una realidad superior a la que somos llamados, invitados. Sin menospreciar nuestra condición humana, antes bien, suponiéndola efectivamente, construyendo sobre ella.
Algunos de ustedes no creen. A primera vista, parece que el Señor nos pide cosas imposibles o muy difíciles. ¿Quién podía imaginar que la locura del amor de Dios por nosotros lo iba a llevar a hacerse hombre, a hacerse uno de los nuestros? ¿Quién le aconsejó al Señor este proyecto o fue partícipe de sus secretos? Sin embargo, como muchos de nosotros, algunos seguían a Jesús "por si acaso", además era famoso, daba “status” pertenecer al grupo de los suyos. Pero cuando empezó a ponerse en claro las exigencias de su seguimiento, cuando comenzó a hablar cosas raras como eso de comerlo, cuando dijo que Él daba la vida eterna, la cosa ya había que pensarla. ¿Cómo seguir a este loco? ¿No fueron acaso sus parientes a buscarlo porque lo consideraban fuera de sí (Mc 3,21)? El seguimiento de Jesús no se explica sin un don de lo alto.
Nadie puede venir a Mí si el Padre no se lo concede. El Padre es el que nos atrae, el que nos regala su Espíritu. Y este Espíritu obra en nosotros las obras de Dios. Y ese Espíritu es don para todos los hombres de buena voluntad. Pedir el Espíritu Santo, que el Padre no niega a nadie (Lc 11,13), es nuestra tarea cotidiana. Sólo la fuerza de Dios puede ayudarnos a andar el camino de salvación que Él quiere para cada uno de nosotros. Jesús nos muestra ese camino: su propia vida hecha oración y entrega. La Virgen María nos enseña con su vida que la fe permita a Dios obrar milagros y por eso la proclamamos dichosa por haber creído que se cumpliría en Ella lo que el Señor le anunció por medio del Ángel.
Nadie puede venir a Mí si el Padre no se lo concede. La obra de Dios es el amor. Dios es misericordia y derrocha su amor entre nosotros con signos constantes de su presencia salvadora. Él nos pide que hagamos lo mismo. Él tiene la iniciativa. Nuestra vida es don de Dios y tarea nuestra. El Señor regala la atracción por el bien, la verdad, la justicia, la misericordia y pide que nosotros pongamos el esfuerzo de obrarlas. Él se puso primero a darnos el ejemplo, Él tomó la condición humana para mostrarnos que no era imposible. Ésta tarea requiere nuestra fe, la aceptación de la condescendencia de Dios para con nosotros, sus hijos amados hasta el extremo de que Jesús participara del dolor de la cruz para regalarnos la alegría de la Resurrección.
Muchos de sus discípulos dejaron de andar con Él. Cuando centramos todas las expectativas de resolución de situaciones en nuestras propias capacidades, experimentamos la desilusión de descubrir que no somos todopoderosos. Y el Señor, que nos ama, nos hace andar por caminos humanos, como humana es toda nuestra existencia. Tenemos pretensiones de ser Dios, y olvidamos que Él se hizo hombre, como nosotros, para que, siguiendo su mismo camino, nosotros lleguemos a ser como Él. Si nos quedamos en la apariencia de las cosas y no ponemos en ellas una mirada de fe, perdemos la certeza de la presencia de Dios en nuestras vidas, su lenguaje, entonces, nos resulta duro y lo abandonamos.
¿También ustedes quieren irse? ¿Adónde vamos a ir? La pregunta directa de Jesús obliga a una respuesta sincera. Todos se van... ¿¡Y nosotros!? Muchas veces, también para nosotros, es duro el lenguaje del Reino que no admite que nademos en dos aguas. En el Apocalipsis, el Señor, dirá: "fríos o calientes, tibios los vomitaré de mi boca" (Ap 3, 15). Pero más veces son las que descubrimos que la Palabra del Señor tiene un secreto misterioso de amor, tiene Vida.
Más son las veces en que los prodigios de su mano poderosa tocan con ternura nuestra vida doliente y la llenan de esperanza. Más son las veces en que aún en medio del dolor tenemos la certeza de que Él está acompañándonos, haciéndonos descubrir que nos ama a pesar de nuestros límites. Vayamos, pues, a Él. Quedémonos un rato largo en su Presencia. Dejemos su Palabra resonar en nuestro corazón herido por tantos desengaños. Guardemos, como María, el paso de Dios por nuestras vidas y meditémoslo en nuestro corazón, sabiendo que Él hace maravillas en nosotros.
Meditemos:
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