sábado, 12 de septiembre de 2009

Domingo 13 – 24° DURANTE EL AÑO – Verde / Misa: del Propio. Gloria. Credo – Liturgia de las horas: del Propio. 4da semana para el Salterio. 24va semana.

Primera Lectura

Lectura del libro del profeta Isaías 50, 5–9a

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban

5El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. 6Ofrecí mi espalda a los que golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. 7Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado. 8Está cerca el que me hace justicia: ¿quién me va a procesar? ¡Comparezcamos todos juntos! ¿Quién será mi adversario en el juicio? ¡Que se acerque hasta mí! 9Sí, el Señor viene en mi ayuda: ¿quién me va a condenar?

Palabra de Dios

Salmo Responsorial

Salmo 116 (114), 1–6. 8–9 (R.: 9)

R. ¡Caminaré en la presencia del Señor!

1Amo al Señor, porque él escucha el clamor de mi súplica, 2porque inclina su oído hacia mí, cuando yo lo invoco. R.

3Los lazos de la muerte me envolvieron, me alcanzaron las redes del Abismo, caí en la angustia y la tristeza; 4entonces invoqué al Señor: "¡Por favor, sálvame la vida!". R.

5El Señor es justo y bondadoso, nuestro Dios es compasivo; 6el Señor protege a los sencillos: yo estaba en la miseria y me salvó. R.

8El libró mi vida de la muerte, mis ojos de las lágrimas y mis pies de la caída. 9Yo caminaré en la presencia del Señor, en la tierra de los vivientes. R.

 

Segunda Lectura

Lectura de la carta del apóstol Santiago 2, 14–18

La fe si no tiene obras está muerta

14¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? 15¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, 16les dice: "Vayan en paz, caliéntense y coman", y no les da lo que necesitan para su cuerpo? 17Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta. 18Sin embargo, alguien puede objetar: "Uno tiene la fe y otro, las obras". A ese habría que responderle: "Muéstrame, si puedes, tu fe sin las obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe".

Palabra de Dios.

Aleluya: Gálatas 6, 14

“Aleluya. Aleluya. Yo sólo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo. Aleluya.”

Evangelio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 8, 27–35 

Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

27Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo? 28Ellos le respondieron: "Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas". 29“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro respondió: “Tú eres el Mesías”. 30Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él. 31Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; 32y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. 33Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: "¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres". 34Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. 35Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará.

Palabra del Señor.

Comentario:

O de la gente, o de Cristo. El relato evangélico de hoy comienza planteándonos la pregunta fundamental: ¿Quién es Jesús? Marcos pone en boca de Jesús la pregunta, pero en dos tiempos: el tiempo de la “gente” y el tiempo de los “discípulos”. La pregunta del versículo 27 encuentra como respuesta que la “gente” se equivoca: “Juan el Bautista”, “Elías” y “alguno de los profetas”, es reducir a Jesús a “uno más del montón”. La respuesta de la “gente” no es aceptable para un cristiano, Jesús no es “alguien más” en mi vida, Jesús no es “uno más” de tantos “dioses”, “amuletos”, o “creencias” que puede haber en el mundo. Jesús es “diferente”, es “distinto”, ¡es “único”!. Creer en Jesús no es algo utilitario, negociable, práctico, necesario… ¡es la esencial de ser cristiano! Mucha gente dice: ¡soy cristiano a mi manera! ¡Como si hubiera muchos modos de ser cristiano! ¡Como si se pudiera “decidir” hasta “cuándo” y “cómo” quiero seguir a Jesús! La pregunta a los discípulos nos encontrará escuchando la “verdadera” respuesta que hay que dar. En boca de Pedro, encontramos la realidad que vive el creyente verdadero, cuando se consagra en verdad al Señor, cuando Jesús es para él, o ella, el centro de su historia personal: ¡“Tú eres el Mesías”! (v. 29).

Mesías / Cristo. Este título de Mesías (hebreo mashiaj) / Cristo (griego (Christós), se puede traducir al castellano por “Ungido”. Es un término que aparece frecuentemente en la Antigua Alianza, con referencia, principal, a los reyes de Israel. Sabemos que David fue el gran rey de Israel, el “ungido” de Dios (ver 1Sam 16, 3. 12-13; 2Sam 2, 4. 7; Salmo 89, 20ss), a imagen de él debían ser los grandes reyes del pueblo… pero no siempre fue así. Entonces se empezó a esperar al “Rey” que no hiciera su voluntad, sino la de Dios; que no sirviera a sus propias ambiciones, sino a las necesidades del pueblo; que no buscara su bien, sino el bien común: el Mesías, el Cristo, el Ungido. Era el “Rey” enviado por Dios, para hacer las cosas definitivamente bien. Isaías 11 nos muestra cómo será ese “Rey ungido celestial”. Comentando a Isaías 11, la Biblia Latinoamericana dice:

El Emmanuel, más que un descendiente de David, será un nuevo David (se lo llama hijo de Jesé como David). Será el hombre del “espíritu”, como los profetas y más que ellos. Estos eran impulsados por la fuerza misteriosa llamada “Espíritu de Dios”, pero no constantemente. En cambio, él tendrá el Espíritu permanentemente en sí: Espíritu de sabiduría e inteligencia, como Salomón. Espíritu de prudencia y de fuerza, como David. Espíritu para conocer y respetar a Yahvé, como Moisés y los Patriarcas. Hacer justicia a los débiles era y continúa siendo la principal función de los gobernantes. El Mesías-Rey será el enviado de Dios, atento a los pobres; debe recibir “el Espíritu”, el soplo de Dios para esa misión”.

El silencio impuesto por Jesús (v. 30), llamado “silencio mesiánico” por Wilhelm Wrede (1859–1906), –teólogo alemán, importante autor del movimiento de búsqueda del Jesús histórico– en su libro “El secreto mesiánico en el evangelio de Marcos” (1901), apunta a no confundir a la población con este Mesías que ellos pueden identificar como un Rey político, nacionalista y militar…, frente a la realidad de Jesús que no viene a reinar para este mundo, sino llevándonos al venidero (ver Juan 18, 36). Jesús es Mesías, pero no para hacer un movimiento “revolucionario” político y militar contra los romanos, sino para “revolucionar” el mundo con nuevos criterios y valores por los cuales valdrá dar la vida. El silencio de los discípulos evitará falsas interpretaciones sobre el “ungido”.

Sufrir, morir, resucitar. Jesús utiliza la expresión “Hijo del hombre” para, Él también, guardar silencio sobre su mesianismo. Este modo de hablar vincula a Jesús con el profeta Ezequiel, a quien Dios lo llamaba “hijo de hombre” connotando la debilidad, inconsistencia, finitud y muerte de los seres humanos. Jesús es un hombre como todos, va a morir…

Jesús tenía que sufrir porque tal es el destino de los hombres después del pecado. Debía sufrir y ser rechazado por las autoridades, porque ese es el destino de los que proclaman la verdad entre nosotros. Debía ir voluntariamente a la muerte, porque el sacrificio de sí mismo es el único medio para salvar al mundo”. (Biblia Latinoamericana, com. a Marcos 8, 27ss).

Pero al mismo tiempo, después de Daniel 7, 13–14:

13Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas, y vi que venía sobre las nubes del cielo como un Hijo de hombre; él avanzó hacia el Anciano y lo hicieron acercar hasta él. 14Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino, y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido

el término empieza a tener un sentido fuerte de “figura trascendente que vendría entre las nubes del cielo con gran poder y majestad” (Com. Bibl. Latinoam. Pág. 436). Es decir: el Hijo del hombre es vulnerable y humano, pero al mismo tiempo revestido de poder y majestad. Su gloria se manifestará en la resurrección, pero primero deberá (en el sentido de asumir la obligación de actuar según el plan de Dios) “sufrir mucho”, es decir, un dolor y sufrimiento extremo, total, denigrante y avasallador, imposible de soportar; con el rechazo (que es la cara complementaria, espiritual o afectiva, del sufrimiento físico) de los “ancianos, sumos sacerdotes y escribas” (Marcos no involucra a los fariseos en la condena y muerte de Cristo). El mayor sufrimiento espiritual para el “Hijo del hombre” se produce por el abandono del mismo Dios: “A esa hora, Jesús exclamó en alta voz: "Eloi, Eloi, lamá sabactani", que significa: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"” (Marcos 15, 34).

La muerte es el final lógico del camino elegido para la redención, el “Hijo del hombre” muere para resucitar victorioso y, como dice Daniel 7, 13, “vendrá sobre las nubes del cielo…” para establecer su “dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido”. Sufrimiento (físico y espiritual) + muerte = resurrección. Esa es la ecuación que maneja Jesús, el Mesías, el Hijo del hombre.

Satanás. Pedro no resiste escuchar estas palabras que acaba de oír. Su corazón se niega a dar crédito a la revelación de Jesús. Con todas sus fuerzas expresa su convicción de que esto no debe ser así. Con una audacia sin límites, totalmente desbordado, lleva a Jesús aparte, lo quiere corregir “fraternalmente” y en secreto, y… “comenzó a reprenderlo”. Llama la atención la audacia, torpe y desubicada, de Pedro. Jesús no tolerará esta visión limitada de la vida. No aceptará, de parte de Pedro, que este intente apartarlo de su camino, lo considera “Satanás”, “tentador” (ver Job 1, 16; Sabiduría 2, 24 y Apocalipsis 12, 9). Pensar como “hombre” es pensar con miedo: “la voluntad del hombre busca a tientas la vida, porque tememos la muerte”, escribe San Ambrosio en su tratado SOBRE LA FE. El hombre Pedro se aferra a lo que tiene, a la esperanza de no perderlo, de no ponerlo en peligro. El hombre Pedro busca perpetuar la experiencia, evitar, de todos los modos posibles, pasar por el sufrimiento. Jesús sabe que sin sufrimiento no hay redención ni exaltación de la humanidad. No se puede cambiar la situación de muerte, sin matar lo que provoca la muerte: el pecado. La muerte de Jesús, en la cruz, eliminará definitivamente el pecado en el mundo, con su muerte redentora la humanidad comienza el camino al cielo esperando la vuelta definitiva del redentor resucitado… no se trata solo de morir, se trata de morir, para RESUCITAR. Esa es la clave desde la cual leer la muerte de Jesús, es darlo todo, aún la vida, para ganarlo todo, aún la Vida (entiéndase esta por vida eterna).

El “tentador” nos hará ver el “paso” de la muerte, sin ver el “final” de la resurrección; nos mostrará lo “parcial”, sin indicarnos lo “completo”. Cuando pensamos como “hombre” vemos solo el “hoy” sin ver, ni querer verlo, el “mañana”, el “siempre”. La gran tentación es prolongar el “ahora” sin darnos posibilidad de “mutar”, “cambiar”, “corregir”, “convertirnos”, “resucitar”. Si así lo hiciéramos, solo nos espera la muerte final, y no intermedia, como en el proyecto de Dios en Jesús. La muerte, sin resurrección, es la perpetuidad en el “ahora”, es la asfixia en el propio yo, “aquí y ahora”, que me impide salir de mí mismo para transformarme en otro. Lo uno será, solamente, “estar”; lo otro es, plenamente, “vivir”.

Vengan detrás de mí. Al final, todo está claro: el Mesías viene a sufrir, morir y resucitar. Su proyecto es de salvación para la eternidad; no de un reino terreno, sino de un Reino espiritual y divino. Sus seguidores deberán enfrentar sus propios miedos al sufrimiento y la aniquilación (cotidiana) de la muerte. Entregarse al dolor y la muerte como modo de vida no indica una existencia mustia, macilenta o descolorida. Es dar la vida con alegría, sabiendo el “por qué” y el “para qué”. Es perder la vida… para salvarla.

Para san Agustín hay que vencer el propio ego, para ser discípulo de Jesús:

El hombre se perdió por primera vez a causa del amor a sí mismo. Pues, si no se hubiese amado, hubiera antepuesto a Dios a sí mismo, hubiera estado siempre sometido a Dios; no se hubiera inclinado a hacer su propia voluntad descuidando la de Él. Amarse uno a sí mismo no es otra cosa que querer hacer la propia voluntad. Antepón la voluntad de Dios; aprende a amarte, no amándote”, Sermón 96, 2.

Muchas personas expresan su deseo de seguir a Jesús, aún cargando la cruz, pero se olvidan que este “seguimiento” tiene tres partes, o pasos (para decirlo en términos de caminante): “renuncie a sí mismo” / “cargue con su cruz” / “me siga”. No se trata de tomar la cruz sin más… para ser “otro Cristo”, debo ser “menos yo”. La renuncia a mí mismo implica “abdicar” a mi “reinado” personal y aceptar a Jesús como mi Señor, la aceptación de la renuncia involucra la actitud de únicamente obrar según Dios. Aquí no hay modo de escapar: o se renuncia al propio ego, al propio yo, o no se es, desde el principio, cristiano. Lo que parece una locura y sin sentido (¡cuánto de ego alto hay en nuestro mundo de hoy que busca constantemente tener una buena “autoestima” y consume “manuales de auto ayuda” para lograr alcanzar lo que ya tiene: EGOISMO!) es una realidad tan clara como el agua: no se puede llegar a ser uno mismo, en el más pleno sentido de la palabra, si no se dona uno, totalmente, a los demás. Renunciar a sí mismo es “darse” por completo a los demás. El despojo absoluto de “sí mismo” implicará, sin duda, una “limpieza” efectiva de nuestras “zonas erróneas”, pero sobre todo invita al despojamiento para los demás. Es “darse”, es “regalarse”, es “brindarse” al otro… es la invitación que hace Jesús al joven rico: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mateo 19, 21; también Marcos 10, 21 y Lucas 18, 22). ¡Si no eres capaz de dar tu vida, íntegramente, para Jesús; ni te atrevas a querer cargar la cruz!

La donación del discípulo es tal que aún su propia vida, a veces, se convierte en cruz para sí mismo. Tertuliano escribió: “si quieres ser discípulo del Señor es necesario que tomes tu cruz y sigas al Señor, es decir, tus mismas angustias y sufrimientos en tu propio cuerpo, que de alguna manera tiene forma de cruz” (La idolatría, 12, 2). La cruz se convierte en la purificación final, lo que no alcanzó a perfeccionarse con la “donación / renuncia” de la propia vida, ahora con la cruz (gran sinónimo de sufrimiento para el mundo cristiano) se convierte en iluminación perfecta, en transformación sin límites en discípulo de Cristo. Pablo escribió: “19Yo estoy crucificado con Cristo, 20y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gálatas 2, 19–20). 

Las últimas palabras de Jesús para hoy nos dicen: “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará” (v. 35). Resuenan los ecos del Salmo 49, que nos invita a captar la precariedad de la vida y lo inevitable de la muerte. ¿Qué sentido tiene vivir si todos vamos a morir? ¿Por qué acumular riquezas si no nos llevaremos nada? Estas preguntas son universales, todos partimos de la misma realidad: la muerte como llave de entrada a la nada, o a la “vida-después-de-la-muerte”. Jesús propone la Vida eterna, pero la “apuesta” es grande: perder la vida de hoy, para ganar la venidera. Entregarlo todo hoy, para recibirlo con creces mañana. ¿Quién se anima? ¡Hay que tener mucho AMOR, FE y gran ESPERANZA para hacerlo!

La valentía del cristiano lo invita a ver más allá del hoy, a animarse a la donación generosa (renuncia), a dejarle a Dios moldearlo a imagen de Cristo (cruz) y a la auto–trascendencia por el camino de Jesucristo (seguimiento). No es tarea fácil ser discípulo, el Amor (donación en servicio), la FE (creer en –y creerle a– Dios, como artista que modela el barro de mi ser en figura de Cristo) y la ESPERANZA (como visión de lo que en el futuro seré en Dios) son la manifestación de la gracia del Creador para lograrlo.

 

Meditemos:

  • Como Pedro yo también tengo una visión limitada de la vida y el plan de Dios en ella: ¿Cuál es? ¿En qué se nota? ¿Cómo vivo mi existencia, aquí en la tierra?
  • ¿A qué cosas me cuesta renunciar? ¿Estoy donando plenamente mi vida al Señor y los hermanos? ¿En qué consiste la cruz que cargo cada día? Por mis actos cotidiano: ¿Se puede deducir que soy “discípulo / seguidor” de Cristo? ¿Por qué?

 


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Publicado por Desconocido @ 12:00
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