jueves, 17 de septiembre de 2009

Jueves 17 – Feria (Memoria Libre: San Roberto Belarmino, obispo y doctor de la Iglesia – Blanco) – Verde / Misa: a elección – Liturgia de las horas: a elección.

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo Timoteo 4, 12–16

Vigila tu conducta y tu doctrina; si obras así, te salvarás a ti mismo y salvarás a los que te escuchen

12Que nadie menosprecie tu juventud: por el contrario, trata de ser un modelo para los que creen, en la conversación, en la conducta, en el amor, en la fe, en la pureza de vida. 13Hasta que yo llegue, dedícate a la proclamación de las Escrituras, a la exhortación y a la enseñanza. 14No malogres el don espiritual que hay en ti y que te fue conferido mediante una intervención profética, por la imposición de las manos del presbiterio. 15Reflexiona sobre estas cosas y dedícate enteramente a ellas, para que todos vean tus progresos. 16Vigila tu conducta y tu doctrina, y persevera en esta actitud. Si obras así, te salvarás a ti mismo y salvarás a los que te escuchen.

Palabra de Dios.

Salmo Responsorial

Salmo 111 (110), 7–10

R. ¡Grandes son las obras del Señor!

7Las obras de sus manos son verdad y justicia; todos sus preceptos son indefectibles: 8están afianzados para siempre y establecidos con lealtad y rectitud. R.

9El envió la redención a su pueblo, promulgó su alianza para siempre: Su Nombre es santo y temible. R.

10El temor del Señor es el comienzo de la sabiduría: son prudentes los que lo practican. Su alabanza por siempre permanece. R.

Aleluya: Mateo 11, 28

“Aleluya. Aleluya. “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré”, dice el Señor. Aleluya.”

Evangelio

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 7, 36–50

Sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor

36Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. 37Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. 38Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume. 39Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: "Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!" 40Pero Jesús le dijo: "Simón, tengo algo que decirte". "Di, Maestro!, respondió él. 41“Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. 42Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos amará más?". 43Simón contestó: "Pienso que aquel a quien perdonó más". Jesús le dijo: "Has juzgado bien". 44Y volviéndose hacia la mujer, dijo de Simón: "¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. 45Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. 46Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. 47Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor". 48Después dijo a la mujer: "Tus pecados te son perdonados". 49Los invitados pensaron: "¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?". 50Pero Jesús dijo a la mujer: "Tu fe te ha salvado, vete en paz".

Palabra del Señor.

Comentario:

La escena evangélica es bien conocida por todos nosotros. El fariseo, de nombre Simón, invita a Jesús a comer a su casa, pero no tiene una “abundante hospitalidad” como para atenderlo excelentemente: no derrama agua en sus pies, lavándolos del polvo y suciedades del camino; no lo saluda con el beso de bienvenida, con lo cual lo recibe, por así decirlo, fríamente; no unge su cabeza con aceite perfumado, excelente signo de cortesía que hacía al invitado oler bien. No es que Simón haya sido descortés, fue “tacaño” en su cortesía. Trata a Jesús no como a un invitado realmente importante, sino como a un maestrito venido de Galilea con sus brutos discípulos. No podemos acusar a Simón de ser descortés o incorrecto en su trato a Jesús, pero le falta cordialidad, alegría de recibir al maestro galileo. En Génesis 18, 4, Abram atiende con exquisitez a los ángeles trayendo agua para que se refresquen y laven los pies; en Salmo 23, 5, el salmista habla de cómo Dios lo atiende en su casa, ungiéndolo y no haciéndole faltar vino. Son gestos que marcan la diferencia entre la obligación y la cordial alegría de recibir a alguien. Podemos plantearnos por qué Simón invitó a Jesús a su casa: pareciera porque quería sentirse importante al recibir en su hogar a la “celebridad” del momento, un poco cholulo… ¿no?

La parábola de Jesús, apropiada para la enseñanza que quiere impartir, se encuentra con el poco convencido “pienso que aquel a quien perdonó más” (v. 43) que utiliza como respuesta el fariseo Simón. ¿No está muy de acuerdo con la respuesta lógica a la pregunta? ¿Ve lo que viene como enseñanza? Todo puede ser, desde que entró la mujer pecadora Simón no está conforme de cómo se desarrollan las cosas.

La reflexión de Jesús acerca del perdón y el amor, impresionan por su lógica. El fariseo que busca, con su cumplimiento exagerado de la Ley, que Dios esté “conforme” con él, ama poco, se detiene donde cesa la obligación de acoger hospitalariamente, le interesa “cumplir”, nada más. Los demás, para el fariseo, son ocasiones de sumar puntos en el cielo, con Dios. Dios no le perdona nada, ya que no tiene nada malo en su haber, pues el “cumple” a la perfección su tarea. Es la gran diferencia entre una madre que cuida a sus hijos y una empleada que los cuide; entre la madre que cocina y sirve, y en el cocinero de una casa de comidas con el mozo o camarero. El servicio será, tal vez, idéntico o mejor, pero sin involucrarse emocionalmente, sin amar a quienes se sirven. Para la madre, son parte de su vida, y muy importante. Para los demás son el modo de ganarse la vida, clientes. Así es Simón, “¡cumplo con Dios atendiendo a este maestrito de Galilea!”. La mujer pecadora (¿quién dijo que era prostituta?), al revés que el anfitrión, se muestra cordial, cercana, exquisita en los detalles del amor para con Jesús. Ella nos enseña como proceden los que aman, los que se sienten cercanos a Jesús, los que de verdad experimentan que Dios y el prójimo son el centro de su vida.

Un punto aparte es notar la misericordia, la condescendencia y la comprensión que, de Jesús –Hombre/Dios–, emanan al momento de enfrentar esta situación. Jesús derrama perdón y amor, Jesús perdona y salva, Jesús restablece en el círculo íntimo del amor divino a esta mujer pecadora; que, como único acto de reparación por su pecado, trata con delicadeza y respeto cordial al Salvador del mundo. El perdón y la salvación no le vienen de sus grandes obras, de sus cumplimientos milimétricos de la Ley, le llegan gracias al “amor” que demuestra ante quien la ha rescatado con sus palabras y signos, del pozo del pecado (sea este cual fuera) en el que estaba hundida.

La enseñanza desarrolla una advertencia y una invitación. La advertencia: ¡cuidado con solo cumplir! Cumples “tus” expectativas, no las de Dios. Haces “tu” tarea, no el proyecto de Dios. El “cumplidor” solo satisface su conciencia, no la realidad en la que vive. Por eso corre el riesgo, exagerado riesgo, de ponerse en lugar de Dios y rendir culto a sus propios proyectos. La invitación: Examinemos nuestra vida y nos animemos a pedir perdón con más frecuencia. El sacramento de la reconciliación es un excelente medio para hacerlo con Dios, con los hermanos busquemos, con las actitudes exquisitas de la “mujer pecadores”, la reconciliación por medio de gestos cordiales de amor. No te examines desde el cumplimiento, eso te llevará a la autosuficiencia, examínate desde el amor, él te llevará al verdadero servicio, el cual harás con cordialidad y afecto.

Meditemos:

  • ¿Soy de los que “cumplen” y nada más, como Simón el fariseo? ¿Por qué?
  • ¿Tengo actitudes “delicadas” y “generosas” con mis semejantes, mostrando que amo mucho? ¿En qué me parezco a la “mujer pecadora”?

 


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