Jueves 05 – Feria – Verde / Misa: a elección – Liturgia de las horas: de la feria.
Primera lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 14, 7–12
Tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor
7Ninguno de nosotros vive para sí, ni tampoco muere para sí. 8Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor: tanto en la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor. 9Porque Cristo murió y volvió a la vida para ser Señor de los vivos y de los muertos. 10Entonces, ¿Con qué derecho juzgas a tu hermano? ¿Por qué lo desprecias? Todos, en efecto, tendremos que comparecer ante el tribunal de Dios, 11porque está escrito: "Juro que toda rodilla se doblará ante mí y toda lengua dará gloria a Dios", dice el Señor. 12Por lo tanto, cada uno de nosotros tendrá que rendir cuenta de sí mismo a Dios.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Salmo 27 (26), 1. 4. 13–14
R. ¡Contemplaré la bondad del Señor!
1El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida, ¿ante quién temblaré? R.
4Una sola cosa he pedido al Señor, y esto es lo que quiero: vivir en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su Templo. R.
13Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. 14Espera en el Señor y sé fuerte; ten valor y espera en el Señor. R.
Aleluya: Mateo 11, 28
“Aleluya. Aleluya. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré, dice el Señor. Aleluya.”
Evangelio
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 15, 1–10
Habrá gran alegría en el cielo por un pecador que se convierta
1Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. 2Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos". 3Jesús les dijo entonces esta parábola: 4"Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? 5Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, 6y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido". 7Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse". 8Y les dijo también: "Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? 9Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: "Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido". 10Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte".
Palabra del Señor.
Comentario:
La misericordia de Dios es más grande que nuestros pecados. Jesús compara, de modo un poco exagerado, la alegría de dos personas por encontrar cosas perdidas a la alegría, mayúscula, que hay en el cielo, de los ángeles de Dios, por “un solo pecador que se convierte”.
La lógica de Jesús lo lleva a mostrar como Dios ejerce misericordia, como Dios se duele e interesa por las necesidades de su pueblo, aunque este sea pecador. ¡Qué lejos está del cumplimiento de los fariseos! ¡Qué cerca se encuentra de los que se arrepienten y, olvidando su vida pasada, se acercan sin fingidas vergüenzas al abrazo paternal y misericordioso de su Dios!
No nos sorprende que “todos los publicanos y pecadores” se acerquen a Jesús. Él ha revolucionado las ideas religiosas de su tiempo. Salió de los esquemas duros y cumplidores de los fariseos, donde el bien se “paga” con vida eterna. Y se encamina, decidido, y enfrentando toda la estructura religiosa de su época, hacia la divulgación de una imagen más acertada y profunda de Dios: Dios es amor, Dios es misericordia.
Los conceptos vertidos en las parábolas de hoy nos muestran un Jesús claro y objetivo: Dios sabe quién se le ha perdido, Dios va a buscarlo, Dios hace fiesta en el cielo por la conversión y la “vuelta a casa” de una de sus “ovejas”.
La esperanza nos inunda desde esta concepción, no importa cuando ni donde, Dios está dispuesto a perdonarnos y a aceptarnos como hijos muy amados suyos en todo momento. Solo hace falta dejarse encontrar y volver, con su gracia, a “casa”.
Meditemos:
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