Jueves 31 – Día 7° dentro de la octava de Navidad – Blanco / Misa: del Propio. Gloria. Prefacio de Navidad – Liturgia de las horas: del Propio.
Primera lectura
Lectura de la primera carta del Apóstol San Juan 2, 18–21
Ustedes recibieron la unción del que es Santo, y todos tienen el verdadero conocimiento
18Hijos míos, ha llegado la última hora. Ustedes oyeron decir que vendría el Anticristo; en realidad, ya han aparecido muchos anticristos, y por eso sabemos que ha llegado la última hora. 19Ellos salieron de entre nosotros, sin embargo, no eran de los nuestros. Si lo hubieran sido, habrían permanecido con nosotros. Pero debía ponerse de manifiesto que no todos son de los nuestros. 20Ustedes recibieron la unción del que es Santo, y todos tienen el verdadero conocimiento. 21Les he escrito, no porque ustedes ignoren la verdad, sino porque la conocen, y porque ninguna mentira procede de la verdad.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Salmo 96 (95), 1–2. 11–13
R. ¡Alégrese el cielo y exulte la tierra!
1Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor toda la tierra; 2canten al Señor, bendigan su Nombre, día tras día, proclamen su victoria. R.
11Alégrese el cielo y exulte la tierra, resuene el mar y todo lo que hay en él; 12regocíjese el campo con todos sus frutos, griten de gozo los árboles del bosque. R.
13Griten de gozo delante del Señor, porque él viene a gobernar la tierra: él gobernará al mundo con justicia, y a los pueblos con su verdad. R.
Aleluya: Juan 1, 14. 12
“Aleluya. Aleluya. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. A todos los que la recibieron, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Aleluya”
Evangelio
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 67–69
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros
1Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. 2Al principio estaba junto a Dios. 3Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe. 4En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la percibieron. 6Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. 7Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8El no era luz, sino el testigo de la luz. 9La Palabra era la luz verdadera que, al venir a este mundo, ilumina a todo hombre. 10Ella estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. 11Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. 12Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su Nombre, les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. 13Ellos no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios. 14Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad. 15Juan da testimonio de él, al declarar: "Este es aquel del que yo dije: El que viene después de mí me ha precedido, porque existía antes que yo". 16De su plenitud, todos nosotros hemos participado y hemos recibido gracia sobre gracia: 17porque la Ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. 18Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre
Palabra del Señor.
Comentario:
En medio de las antinomias de la luz y las tinieblas, Juan nos muestra quien es Jesús. La Palabra, el Verbo, la Luz… se ha encarnado. Dios se hizo uno de nosotros. La fuerza de este “prólogo” del evangelio de Juan es arrolladora, no solo Dios ha querido hacernos, crearnos… ahora quiere ser uno de nosotros, para salvarnos, para tenernos con él para siempre.
Pero no todos reciben esta Palabra, anticipándose a su capítulo 3, el diálogo con Nicodemo, Juan nos dice que los que creen en Jesús “no nacieron de la sangre, ni por obra de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino que fueron engendrados por Dios” (v. 13), con lo cual se nos indica en qué consiste la conversión: en nacer de nuevo. No es solo un cambio de conducta, un dar vueltas en 180°… no. Se trata de algo más profundo: dejar que la gracia de Dios nos transforme tanto que realmente seamos un hombre nuevo, que nazcamos de nuevo. Y aquí se da la otra antinomia: el mundo frente a la Palabra. Como si fuera la vieja lucha entre lo corporal y lo espiritual, lo instintivo y lo racional, aquí se da un enfrentamiento entre la carne y el espíritu, entre el mundo y Dios. Ante la fallida omnipotencia del mundo, que todo lo quiere, pero, víctima de su propia limitación y finitud, nada lo puede (por lo menos prolongado en el tiempo), viene el poder de Dios a poner coherencia, sentido e infinitud en aquello que, de por sí, no lo tiene. La Palabra le da eternidad, durabilidad, sostén, a todo proyecto, a todo camino.
Las palabras finales, de Juan, son reveladoras porque aclaran y manifiestan que, en esa época, había conflictos entre los creyentes. Algunos se confundían y creían que Juan era el Mesías. Pero el que da la plenitud es Jesús, ya que Él da la gracia y la verdad. Esos dos elementos son los que vencen las antinomias anteriores: la luz contra las tinieblas: la verdad vence a la oscuridad de la mentira. El mundo contra Dios: la gracia da la posibilidad de nacer de nuevo y poner toda la vida, aun con lo instintivo, sin rebeliones de muerte, a la orden superior de Dios. Todo está dicho, falta cumplirlo en la vida individual de cada uno.
Meditemos:
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