Sábado 09 – Feria – Blanco / Misa: del Propio del tiempo. Prefacio de Epifanía – Liturgia de las horas: del Propio del tiempo.
Primera lectura
1 Juan 4, 11–18
Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros
11Queridos míos, si Dios nos amó tanto, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros. 12Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. 13La señal de que permanecemos en él y él permanece en nosotros, es que nos ha comunicado su Espíritu. 14Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo. 15El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, permanece en Dios, y Dios permanece en él. 16Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él. 17La señal de que el amor ha llegado a su plenitud en nosotros, está en que tenemos plena confianza ante el día del Juicio, porque ya en este mundo somos semejantes a él. 18En el amor no hay lugar para el temor: al contrario, el amor perfecto elimina el temor, porque el temor supone un castigo, y el que teme no ha llegado a la plenitud del amor.
Salmo Responsorial
Salmo 72 (71), 1–2. 10–13
R. ¡Que se postren ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra!
1Oh Dios, concede tu justicia al rey y tu rectitud al descendiente de reyes, 2para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus pobres con rectitud. R.
10Que los reyes de Tarsis y de las costas lejanas le paguen tributo. Que los reyes de Arabia y de Sebá le traigan regalos; 11que todos los reyes le rindan homenaje y lo sirvan todas las naciones. R.
12Porque él librará al pobre que suplica y al humilde que está desamparado. 13Tendrá compasión del débil y del pobre, y salvará la vida de los indigentes. R.
Aleluya: Cfr. 1° Timoteo 3, 16
“Aleluya. Aleluya. Gloria a ti, Cristo, proclamado a los paganos; gloria a ti, Cristo, creído en el mundo. Aleluya”
Evangelio
Marcos 6, 45–52
Fue hacia ellos caminando sobre el mar
45En seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud. 46Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar. 47Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra. 48Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo. 49Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, 50porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: "Tranquilícense, soy yo; no teman". 51Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. Así llegaron al colmo de su estupor, 52porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.
Comentario:
Tres elementos contiene este pasaje del evangelio: Jesús necesita intimidad con el Padre Dios; deja a los discípulos solos (casi obligadamente solos: v. 45) y, para ellos, comienzan las dificultades; por último, camina sobre las aguas y calma la tempestad: Jesús tiene poder sobre las fuerzas naturales.
Si uno se pregunta de dónde le viene ese poder, la respuesta parece lógica: de la oración. Del contacto fluido con Dios. No nos extrañe que nuestra vida esté llena de dificultades sin resolver, dificultades que nos abruman y hunden en el gran océano de la vida… si no tenemos vida de oración, nunca vendrá Jesús sobre las aguas a decirnos: “Tranquilícense, soy yo; no teman” (v. 50). Orar, dejar a Jesús acercarse, es el modo de que la barca sigua su buen camino hacia la orilla.
Meditemos:
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