Domingo 10 – Fiesta: EL BAUTISMO DEL SEÑOR – Blanco / Misa: del Propio. Gloria. Credo. Prefacio propio – Liturgia de las horas: del Propio. Termina el tiempo de Navidad.
Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Isaías 40, 1–5. 9–11
Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio
1¡Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios! 2Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está paga, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados. 3Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! 4¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies! 5Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor. 9Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: "¡Aquí está tu Dios!". 10Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio: el premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede. 11Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 104 (103), 1b–4. 24–25. 27–30
R. ¡Bendice al Señor, alma mía!
1¡Señor, Dios mío, qué grande eres! Estás vestido de esplendor y majestad 2y te envuelves con un manto de luz. Tú extendiste el cielo como un toldo. R.
3Construiste tu mansión sobre las aguas. Las nubes te sirven de carruaje y avanzas en alas del viento. 4Usas como mensajeros a los vientos, y a los relámpagos, como ministros. R.
24¡Qué variadas son tus obras, Señor! ¡Todo lo hiciste con sabiduría, la tierra está llena de tus criaturas! 25Allí está el mar, grande y dilatado, donde se agitan, en número incontable, animales grandes y pequeños. R.
27Todos esperan de ti que les des la comida a su tiempo: 28se la das, y ellos la recogen; abres tu mano, y quedan saciados. R.
29Si escondes tu rostro, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. 30Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra. R.
Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2, 11–14; 3, 4–7
El Señor, derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por medio de Jesucristo
211Porque la gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. 12Ella nos enseña a rechazar la impiedad y las concupiscencias del mundo, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, 13mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. 14El se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno en la práctica del bien. 34Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, 5no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, él nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo. 6Y derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, 7a fin de que, justificados por su gracia, seamos en esperanza herederos de la Vida eterna.
Palabra de Dios.
Aleluya: Lucas 3, 16
“Aleluya. Aleluya. “Viene uno que es más poderoso que yo”, dijo Juan Bautista; “él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Aleluya.”
Evangelio
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 3, 15–16. 21–22
Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección
15Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, 16él tomó la palabra y les dijo: "Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. 21Todo el pueblo se hacía bautizar, y también fue bautizado Jesús. Y mientras estaba orando, se abrió el cielo. 22y el Espíritu Santo descendió sobre él en forma corporal, como una paloma. Se oyó entonces una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección".
Palabra del Señor.
Comentario:
Las sandalias
En el libro del Deuteronomio (25, 5-10) se regula una ley que, para nosotros, es por lo menos rara. Supongamos que una mujer queda viuda sin poder tener hijos (v. 5), según la ley deuteronómica ella debía casarse con el hermano de su esposo difunto (para el caso puede verse el ejemplo de Tamar en Gén 38), el hijo primogénito que naciera de esa unión heredaba el nombre del hermano muerto para que este no se perdiera (v. 6). ¿Pero qué pasaba si el hermano del difunto se negaba a tomarla por esposa? Los versículos 7-10 nos explican qué hay que hacer. De hecho en el 9 nos dice: Su cuñada se acercará a él en presencia de los ancianos, le quitará la sandalia del pie, lo escupirá en la cara y le dirá: “Así se debe obrar con el hombre que no edifica la casa de su hermano”. Por esta ley se consideraba entonces “hijo y heredero” del difunto al primer hijo de la unión de la viuda con el hermano del difunto.
En el libro de Rut se da una situación semejante (Rut 4, 1-7). Pero ahora no es Rut quien va a encontrarse con el pariente que tiene que cumplir la ley del levirato. Es Booz quien se ha enamorado de ella y va a negociar con este hombre para que él decida si quiere o no cumplir la ley en cuestión. Este no acepta y le pide a Booz que él se haga cargo de cumplir la ley a lo que el vers. 7 nos dice: “En Israel existía antiguamente la costumbre de quitarse la sandalia y dársela a otro para convalidar los convenios de rescate o de intercambio. Esta era la manera de testificar en Israel”.
Cuando Juan el bautista dice: “ni siquiera merezco desatarle la correa de sus sandalias” está haciendo alusión a esta ley. Es como si nos dijera “yo no soy el esposo”. Juan no quiere ocupar el lugar de Jesús solo servirlo, ser su esclavo (como comentan algunos exegetas que dicen: Desatar la correa de las sandalias a alguien era un servicio humilde, propio del esclavo), Juan es consciente que el esposo que viene a redimir es Jesús, él sólo tiene la tarea de precursor y a esa tarea se circunscribe.
Esta enseñanza de Juan nos ayuda a situarnos en el lugar que nos corresponde con respecto a las cosas de Dios. Hay mucha gente en la Iglesia y en nuestras comunidades que consideran que ellos son los salvadores, ocupan el lugar del “esposo”. Hay que ser consciente de esto: ¡Quien viene a salvar es Cristo, no yo! ¡Quién es el dueño de la Iglesia es Cristo, no yo! ¡Quien tiene que ponerse la sandalia, es el Señor y no yo! Hasta que no entendamos esto la Iglesia será casa de hombre y no de Dios.
La paloma
La escena presentada por Lucas sobre el bautismo del Señor nos invita a ver una acción trinitaria. Es el Espíritu Santo quien desciende como paloma, es el Padre quien pronuncia la Palabra y es la palabra hecha carne quien recibe la confirmación de la Misión y la certificación del amor que el Padre le tiene. El simbolismo del Espíritu santo como una paloma puede sugerirnos muchas ideas: en Gén 1, 2: “la tierra era algo informe y vacío, las tinieblas cubrían el abismo, y el soplo de Dios aleteaba sobre las aguas”. En Gén 8, 8-12, Noé suelta una paloma para ver si las aguas han bajado... primero no encuentra donde posarse y vuelve al arca, siete días después ella vuelve con una rama de olivo y siete días después la suelta nuevamente y la paloma ya no vuelve. Los ejemplos bíblicos citados están en orden a una nueva creación. Los rabinos judíos interpretaban que ese soplo de Dios tenía una forma de paloma, la simbología de los siete días (relato sacerdotal de la creación) nos indica una nueva creación sobre la destrucción causada por el diluvio. La forma de paloma que el Espíritu Santo toma para el bautismo de Jesús invita a ver una nueva creación, no ya en el universo (Génesis 1), o la tierra (Génesis 8), sino en el hombre ahora redimido por Jesús.
El bautismo
Es bien sabido que los israelitas conocían el baño de agua como medio legal de purificación para personas impuras (Lev 14, 8; 15, 16. 18; Núm 19, 19). En un principio, estas prescripciones de baños y lavatorios, tenían por fin una purificación legal y no revestían carácter moral directo. Con el tiempo adquirió significancia para los prosélitos (recién convertidos del mundo pagano) como rito de iniciación en la fe judaica (era importante purificarlos ya que el mundo pagano era “impuro” a los ojos israelitas) y llegó a equipararse a la circuncisión.
El bautismo de Juan supera al bautismo judío por la implicancia moral y de conversión que demanda. Juan se instala en la línea de los profetas, cuando estos toman el agua como símbolo de purificación moral interna (Is 1, 16; Ez 36, 25; Zac 13, 1; Sal 51, 9). Pero Juan es consciente que su bautismo no es el definitivo, faltará que el Espíritu Santo con fuego penetre la vida de cada uno de los creyentes y les dé una presencia divina más fuerte y definitiva. Como dice el comentario bíblico latinoamericano (Pág. 490):
En la Escritura, el fuego indica con frecuencia la presencia del Dios salvador (Lev, 1, 7ss; 6, 2. 6)... Dios aparece rodeado de fuego (Gén 15, 17; Éx 3, 1ss; 13, 21s; Núm 14, 14; Is 6; Ez 1, 4ss; Jl 3, 3)
El bautismo cristiano es inmensamente superior a cualquier rito de purificación exterior (judío) o interior (Juan el Bautista) ya que no sólo purifica sino que plenifica con la presencia de la divinidad la vida del que, por la fe, acepta ese bautismo. Como diría la teología católica, el bautismo nos convierte en Hijos de Dios y miembros de la Iglesia.
Meditemos:
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