Miércoles 03 – Feria (o memoria libre: San Blas, obispo y mártir – Rojo / San Oscar, obispo – Blanco) – Verde / Misa: a elección – Liturgia de las horas: a elección
Primera lectura
Lectura del segundo libro del profeta Samuel 24, 2. 9–17
Soy yo el que he pecado, haciendo el censo de la población. ¿Qué han hecho estas ovejas?
2El rey dijo a Joab, el jefe del ejército, que estaba con él: “Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Berseba y hagan el censo del pueblo, para que yo sepa el número de la población”. 9Joab presentó al rey las cifras del censo de la población, y resultó que en Israel había ochocientos mil hombres aptos para el servicio militar, y en Judá quinientos mil. 10Pero, después de esto, David sintió remordimiento de haber hecho el recuento de la población, y dijo al Señor: “He pecado gravemente al obrar así. Dígnate ahora, Señor, borrar la falta de tu servidor, porque me he comportado como un necio”. 11A la mañana siguiente, cuando David se levantó, la palabra del Señor había llegado al profeta Gad, el vidente de David, en estos términos: 12“Ve a decir a David: Así habla el Señor: Te propongo tres cosas. Elige una, y yo la llevaré a cabo”. 13Gad se presentó a David y le llevó la noticia, diciendo: “¿Qué prefieres: soportar tres años de hambre en tu país, o huir tres meses ante la persecución de tu enemigo, o que haya tres días de peste en tu territorio? Piensa y mira bien ahora lo que debo responder al que me envió”. 14David dijo a Gad: “¡Estoy en un grave aprieto! Caigamos más bien en manos del Señor, porque es muy grande su misericordia, antes que caer en manos de los hombres”. 15Entonces el Señor envió la peste a Israel, desde esa mañana hasta el tiempo señalado, y murieron setenta mil hombres del pueblo, desde Dan hasta Berseba. 16El Ángel extendió la mano hacia Jerusalén para exterminarla, pero el Señor se arrepintió del mal que le infligía y dijo al Ángel que exterminaba al pueblo: “¡Basta ya! ¡Retira tu mano!”. El Ángel del Señor estaba junto a la era de Arauná, el jebuseo. 17Y al ver al Ángel que castigaba al pueblo, David dijo al Señor: “¡Yo soy el que he pecado! ¡Soy yo el culpable! Pero estos, las ovejas, ¿qué han hecho? ¡Descarga tu mano sobre mí y sobre la casa de mi padre!”.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 32 (31), 1–2. 5–7
R. ¡Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado!
1¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta! 2¡Feliz el hombre a quien el Señor no le tiene en cuenta las culpas, y en cuyo espíritu no hay doblez! R.
5Pero yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa, pensando: "Confesaré mis faltas al Señor". ¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado! R.
6Por eso, que todos tus fieles te supliquen en el momento de la angustia; y cuando irrumpan las aguas caudalosas no llegarán hasta ellos. R.
7Tú eres mi refugio, tú me libras de los peligros y me colmas con la alegría de la salvación. R.
Aleluya: Juan 10, 27
“Aleluya. Aleluya. “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco, y ellas me siguen”, dice el Señor. Aleluya”
Evangelio
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 6, 1–6
No desprecian a un profeta más que en su tierra
1Jesús salió de allí y se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. 2Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: “¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? 3¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanos no viven aquí entre nosotros?”. Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. 4Por eso les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa”. 5Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. 6Y él se asombraba de su falta de fe. Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente.
Palabra del Señor.
Comentario:
La gente que escucha a Jesús queda maravillada por sus palabras, cuando lo ven actuar el asombro es más grande. Ahí empiezan los problemas: se remiten a la historia de Jesús para sacar conclusiones. El pasado inunda a esas personas, llenando de contradicción sus opiniones.
Muchas veces en la vida nos pasa eso, preguntándonos el “por qué” de las cosas nos remitimos irremediablemente al pasado. Entonces escarbamos nuestra historia, o la de los demás, y no tomamos vuelo por encima de lo que fuimos. Vivir no es mirar el pasado, sino con la esperanza en un futuro mejor, para nosotros y los que amamos, lanzarnos al presente con entusiasmo, viviéndolo con plenitud, haciendo de ese presente una realidad hermosa.
Jesús hizo eso, se lanzó a dar, en el presente, todo aquello que sus contemporáneos necesitaban, con palabras y milagros les cambió la vida. Él no se fija en el pasado de nadie, ve sólo su hoy, y desde ahí, se entrega en plenitud para ayudar a quienes lo necesitan.
Lo que no alcanzaron a discernir los “escarbadores” de pasado es que esa “sabiduría” y esos “milagros” (v. 2) le venían no de sus parientes, sino de Dios. Aún en su investigación “histórica” les falló la comprensión profunda, claro está: quien analiza superficialmente los hechos solo se queda en la superficie de las cosas, nunca alcanza a comprender su profundidad.
El rechazo que experimenta Jesús, claramente no lo daña a Él, prolonga el sufrimiento de aquellos enfermos que, por falta de fe, no pueden ser sanados. ¡Que Dios tan humilde! No “puede” sanar a quien que cree que pueda ser sanado. San Agustín lo decía: el Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti. Parece que la fe sincera es el único camino.
Meditemos:
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