sábado, 06 de marzo de 2010

Domingo 07 – 3° DE CUARESMA – Morado / Misa: del Propio. Credo. Prefacio Propio – Liturgia de las horas: del Propio 3ª semana para el Salterio.  


Primera Lectura

Lectura del libro del Éxodo (3, 1-8a. 13-15)

"Yo soy" me envió a ustedes

1Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. 2Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse, 3Moisés pensó: "Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?". 4Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: "¡Moisés, Moisés!". "Aquí estoy", respondió el. 5Entonces Dios le dijo: "No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa". 6Luego siguió diciendo: "Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob". Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios. 7El Señor dijo: "Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. 8Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. 13Moisés dijo a Dios: "Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cual es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?". 14Dios dijo a Moisés: "Yo soy el que soy". Luego añadió: "Tú hablarás así a los israelitas: "Yo soy" me envió a ustedes". 15Y continuó diciendo a Moisés: "Tú hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre y así será invocado en todos los tiempos futuros.

Palabra de Dios


Salmo Responsorial

Salmo 103 (102), 1–4. 9–12

REl Señor es compasivo y misericordioso.

1Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; 2bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. R.

3El perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; 4rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. R.

9No acusa de manera inapelable ni guarda rencor eternamente; 10no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

11Cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen; 12cuanto dista el oriente del occidente, así aparta de nosotros nuestros pecados. R.


Segunda Lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto (10, 1–6. 10–12)

La vida del pueblo con Moisés en el desierto se escribió para escarmiento nuestro

1No deben ignorar, hermanos, que todos nuestros padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; 2y para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a Moisés. 3También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida espiritual. 4En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo. 5A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. 6Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres. 10No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador. 11Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. 12Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!

Palabra de Dios.

 

Versículo antes del Evangelio: Mateo 4, 17

“A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca””


Evangelio

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 1–9

Si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera

1En ese momento se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. 2El respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? 3Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. 4¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? 5Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. 6Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y nos encontró. 7Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y nos encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?”. 8Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. 9Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás””.

Palabra del Señor.

Comentario:

Exhortación a la conversión

A lo largo de nuestra vida suele sucedernos que acontecimientos negativos nos abren el panorama hacia cosas positivas. El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús que aprovecha las preguntas y los comentarios de aquellos que se le acercan para trascender un hecho puntual y llevar al auditorio a la comprensión de un mensaje más profundo.

La crueldad de Poncio Pilato sirve como plataforma de partida para Jesús. En ocasión de esto, pone ejemplos sobre si estos hombres eran culpables o no, a los ojos de Dios, como para morir de esta o tal manera. La pregunta es sencilla: ¿Eran malos o buenos? ¿Se lo merecían o no? La respuesta de Jesús es clara. La fatalidad de estos hombres no se debe a que sean buenos o malos, se debe sólo a eso: es pura fatalidad. Pero lo que dice luego es lo que nos llama la atención: “y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera” (vv. 3 y 5). Aquí, el Señor da una vuelta de rosca. ¡No importa lo que le pasó al otro, eso ya fue, importa lo que me puede pasar a mí! En vez de razonar o discursear sobre un hecho pasado, el Señor plantea el futuro: ...si ustedes no se convierten...

Para Jesús, la garantía de que me vaya bien es la conversión. Si no me convierto, de una u otra manera terminaré mal. Sólo con la conversión el cristiano puede encontrar salvación. Sólo con la conversión hay garantías de que las cosas salgan bien.

 

La paciencia de Dios

Cuando Jesús sitúa a su auditorio donde quiere, le habla de lo que desea. El Señor llevó la conversación de una pregunta casual a una situación fundamental: cambiar de vida (convertirse), es lo que el hombre debe hacer y Dios tiene la paciencia y el amor necesarios para esperarlo hasta el final.

Para Jesús no hay posibilidad de equivocación. Dios es tan misericordioso que no duda en esperar hasta el final a sus hijos. ¡Cuán relacionado está todo esto con la parábola del hijo pródigo (o del Padre misericordioso, debiéramos decir)! La higuera está a punto de ser cortada (se lo merece si no da fruto), pero la insistencia del viñador le salva la vida.

En esta parábola se insiste en que Dios pone todo el esmero en provocar la conversión. Dios está interesado en que verdaderamente demos fruto y este fruto sea abundante. Para ello nos invita a la conversión y nos tiene paciencia. Todo depende de nosotros. Aprovechemos este tiempo de Cuaresma para ser mutuamente pacientes. Aprovechemos para cambiar de verdad y dar el fruto que de nosotros se espera. Amén.

Meditemos:

  1. ¿Qué es lo que más impacienta a los demás de ti? ¿Por qué?
  2. ¿Estás tratando de vencer esas debilidades? ¿En qué se nota?
  3. ¿Cómo estás viviendo el tiempo de Cuaresma?

 


Tags: lectura diaria, misa, liturgia, leccionario, biblia, evangelio

Publicado por Desconocido @ 12:00
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