Jueves 20 – Feria (Memoria Libre: San Bernardino de Siena, presbítero – Blanco) – Blanco / Misa: a elección – Liturgia de las horas: a elección.
Primera lectura
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles (22, 30; 23, 6-11)
Animo, así como has dado testimonio de mí en Jerusalén, también tendrás que darlo en Roma
2230Al día siguiente, queriendo saber con exactitud de qué lo acusaban los judíos, el tribuno le hizo sacar las cadenas, y convocando a los sumos sacerdotes y a todo el Sanedrín, hizo comparecer a Pablo delante de ellos. 236Pablo, sabiendo que había dos partidos, el de los saduceos y el de los fariseos, exclamó en medio del Sanedrín: "Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos". 7Apenas pronunció estas palabras, surgió una disputa entre fariseos y saduceos, y la asamblea se dividió. 8Porque los saduceos niegan la resurrección y la existencia de los ángeles y de los espíritus; los fariseos, por el contrario, admiten una y otra cosas. 9Se produjo un griterío, y algunos escribas del partido de los fariseos se pusieron de pie y protestaron enérgicamente: "Nosotros no encontramos nada de malo en este hombre. ¿Y si le hubiera hablado algún espíritu o un ángel...?". 10Como la disputa se hacía cada vez más violenta, el tribuno, temiendo por la integridad de Pablo, mandó descender a los soldados para que lo sacaran de allí y lo llevaran de nuevo a la fortaleza. 11A la mañana siguiente, el Señor se apareció a Pablo y le dijo: "Animo, así como has dado testimonio de mí en Jerusalén, también tendrás que darlo en Roma".
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Salmo 16 (15), 1-2ª. 5. 7-11 (R.: 1)
R. ¡Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti!
1Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti. 2Yo digo al Señor: "Señor, tú eres mi bien”. 5El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz, ¡tú decides mi suerte! R.
7Bendeciré al Señor que me aconseja, ¡hasta de noche me instruye mi conciencia! 8Tengo siempre presente al Señor: él está a mi lado, nunca vacilaré. R.
9Por eso mi corazón se alegra, se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro: 10porque no me entregarás la Muerte ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.
11Me harás conocer el camino de la vida, saciándome de gozo en tu presencia, de felicidad eterna a tu derecha. R.
Aleluya: Juan 17, 21.
“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”
Evangelio
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan (17, 20-26)
Que todos sean uno
20No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. 21Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. 22Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno 23–yo en ellos y tú en mí– para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste. 24Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo. 25Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. 26Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos".
Palabra del Señor.
Comentario:
Desde el versículo 21 al 23 se insiste en “ser uno”, hay una búsqueda inclaudicable de unidad. De hecho, ¿qué posibilidad de eficacia tiene la palabra evangelizadora de los apóstoles sin la unidad con el Padre, Jesús y la comunidad? Obviamente, ninguna. En el v. 22, Jesús dice: “yo les he dado la gloria que tú me diste”, ¿podemos entender, como algunos comentaristas sugieren, que esa “gloria” es el mismo Espíritu Santo? Pareciera que sí. O también se puede completar la imagen con la “gloria de la shekiná”, valorada por el tárgum como “una fuente de protección y de unidad del pueblo de Dios”. Efectivamente, en la teología católica el Espíritu Santo es considerado también de ese modo. En v.21 es el eje por donde pasa la comprensión final de todo este pasaje: la UNIDAD. Una unidad que es vertical: el Padre – el Hijo (Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti), y una unidad que es horizontal: entre los discípulos (que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste). La “gloria” que Jesús nos ha dado permite la perfecta unidad (progresiva, podríamos entender) entre los creyentes que adhieren a Jesús. Las iglesias cristianas trabajan mucho en el orden del ecumenismo (con resultados a veces un poco decepcionantes, a veces bastante alentadores) para, inspirados por el Espíritu Santo, lograr la UNIDAD perfecta que Jesús desea; en otro orden, podemos ver cómo, a nivel individual o de pequeñas comunidades, las personas llenas del Espíritu Santo, se sienten invitadas al respeto de la experiencia y creencia ajena, a la tolerancia del modo de vivir la fe de los otros, y al festejo gozoso de la diferencia que enriquece, del rasgo distinto que invita a ver otro rostro –y no solo el reflejado en el propio– de Dios.
Ahora el evangelista Juan nos muestra a Jesús como si contemplara el futuro de gloria que nos espera, las expresiones escritas en presente nos involucran, de modo fuerte, en el final del camino, en el punto de llegada al cielo. Jesús, v. 24, expresa su propia historia de amor desde “antes de la creación del mundo” (es decir, desde siempre), hasta la consumación final, el fin del mundo (es decir, para siempre). El v. 25 marca con fuerza poderosa que los discípulos han conocido al Padre al reconocer en Jesús al enviado por Dios. La línea argumental es muy sencilla y elocuente: quien cree en Jesús y lo reconoce como el enviado, acepta sus palabras y “conoce” al Padre a través de ellas. Por eso en v. 26 se insiste en esa idea: Jesús es el que da a conocer al Padre, el que lo sigue dando a conocer, para que no se pierda el amor del Padre en la ignorancia de los que no creen, sino que siga vivo (y con Él la presencia del mismo Jesús) en la sabiduría, que nace de la fe, de los discípulos.
Meditemos:
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