Domingo 30 – SOLEMNIDAD: LA SANTÍSIMA TRINIDAD – Blanco / Misa: del Propio. Gloria. Credo. Prefacio propio – Liturgia de las horas: del Propio. 1ra semana para el Salterio.
Primera Lectura
Lectura del libro de los Proverbios (8, 22–31)
Yo estaba a su lado como un hijo querido y mi delicia era estar con los hijos de los hombres
Dice la Sabiduría de Dios: 22El Señor me creó como primicia de sus caminos, antes de sus obras, desde siempre. 23Yo fui formada desde la eternidad, desde el comienzo, antes de los orígenes de la tierra. 24Yo nací cuando no existían los abismos, cuando no había fuentes de aguas caudalosas. 25Antes que fueran cimentadas las montañas, antes que las colinas, yo nací, 26cuando él no había hecho aún la tierra ni los espacios ni los primeros elementos del mundo. 27Cuando él afianzaba el cielo, yo estaba allí; cuando trazaba el horizonte sobre el océano, 28cuando condensaba las nubes en lo alto, cuando infundía poder a las fuentes del océano, 29cuando fijaba su límite al mar para que las aguas no transgredieran sus bordes, cuando afirmaba los cimientos de la tierra, 30yo estaba a su lado como un hijo querido y lo deleitaba día tras día, recreándome delante de él en todo tiempo, 31recreándome sobre la faz de la tierra, y mi delicia era estar con los hijos de los hombres.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 8, 4–9
R. ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!
4Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado: 5¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides? R.
6Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y esplendor; 7le diste dominio sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies. R.
8Todos los rebaños y ganados, y hasta los animales salvajes; 9las aves del cielo, los peces del mar y cuanto surca los senderos de las aguas. R.
Segunda Lectura
Lectura de la carta a los Romanos (5, 1–5)
Estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
Hermanos: 1Justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. 2Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. 3Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; 4la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. 5Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
Palabra de Dios.
Aleluya: Cfr. Apocalipsis 1, 8
Aleluya. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, al Dios que es, que era y que viene. Aleluya
Evangelio
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan (16, 12–15)
Todo lo que es del Padre es mío; el Espíritu de la Verdad recibirá de lo mío y se lo anunciará
Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: 12Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. 13Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. 14El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. 15Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: "Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes".
Palabra del Señor.
Comentario:
Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora.
Hoy celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, donde contemplamos la presencia de Dios uno y trino. Jesús nos dice que hay muchas cosas que tiene que decirnos, pero que no las entenderíamos. Tal vez una de ellas sea el misterio de la Trinidad. Es un misterio no sólo porque nuestra razón no lo pueda entender, sino, sobre todo, porque nos deslumbra de tal modo que nos termina encandilando. Qué el Creador sea al mismo tiempo tres personas distintas y un solo Dios verdadero es algo inabarcable para nuestra limitada inteligencia y comprensión.
Dice Jesús que no las podemos comprender ahora, nos sólo porque nos falte el entendimiento, sino también porque no es una tarea humana comprender el misterio sino que es fruto de la revelación que Dios hace a su Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo. Es don divino. (Hay que distinguir entre misterio y enigma: el misterio deslumbra y encandila, necesita de la fe y la revelación sobrenatural para ser entendido; el enigma es una incógnita que puede ser develada por la razón).
Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo.
De una manera muy esquemática buscando facilitar la comprensión, aunque se sacrifique la complejidad de la historia, podríamos decir que el Antiguo Testamento es el tiempo del Padre, la vida de Jesús es el tiempo del Hijo y, después de la ascensión del Señor, la era actual es el tiempo del Espíritu Santo.
Este Santo Espíritu nos introduce en la verdad. Esa verdad no es sólo entender los interrogantes de la vida natural de todos los días (el por qué del dolor y el sufrimiento, el sentido de las cosas que hacemos, etc.), sino también, y sobre todo, la revelación actualizada y permanente de la presencia amorosa de Dios a lo largo del camino hacia el cielo. El Espíritu Santo camina con nosotros iluminando la senda de la vida, sosteniéndonos con la fe, la esperanza y el tierno amor divino. Es como si en la Iglesia se repitiera cada día, todos los días, la anunciación a María. El Espíritu Santo nos cubre con su sombra de paz y bendición, nos hace experimentar el poder del Padre a través de la fe y nos impulsa estimulándonos en la esperanza para ser testigos de Jesús.
El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
Nadie en la Iglesia duda que Jesús sea el centro de nuestra fe. Por eso nos llamamos cristianos, porque creemos y seguimos, tomando la cruz de cada día, al maestro de Galilea. El Espíritu Santo (tercera persona de la trinidad) no viene a ocupar el lugar del Salvador, más bien viene a glorificarlo, es decir, a exaltarlo, honrarlo y elevarlo. Jesús es el centro de la fe porque es el Hijo–Dios que se hizo humanidad, es el puente entre Dios y los seres humanos, comparte ambas naturalezas, y es propio de la divinidad y de la humanidad, es de todos para todos.
Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes.
La comunicación entre las personas divinas es tan familiar y llena de confianza que lo que es de uno es de todos. En la trinidad no hay mezquindades, todo se comparte, todo es de todos, no hay reservas, al contrario, la generosidad es plena, hay un derroche de amor. Entre nosotros, a veces, los egoísmos gozan de excelente salud. En la trinidad lo del Hijo es compartido por el Espíritu Santo, lo de Padre es también de Hijo. Entre nosotros lo mío es mío y lo tuyo también, buscamos exclusividades, acaparamos con avaricia todo lo que podemos, incluso a las personas.
Es tiempo de compartir, es tiempo del Espíritu Santo que recibe del Hijo lo que el Padre comparte con este y nos lo da a nosotros. La generosidad es amor puesto en práctica. Ser perfectos como la Trinidad Santísima es saber entregar de lo nuestro a los demás y aprender, sin avaricias codiciosas, a compartir lo que los otros nos comunican.
Meditemos:
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