Domingo 06 – EL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – Blanco / Misa: del Propio. Gloria. Credo – Liturgia de las horas: del Propio. 10ma semana durante el año.
Primera Lectura
Lectura del libro del Génesis (14, 18–20)
Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino
En aquellos días: 18Melquisedec, rey de Salem, que era sacerdote de Dios, el Altísimo, hizo traer pan y vino, 19y bendijo a Abram, diciendo: "¡Bendito sea Abram de parte de Dios, el Altísimo, creador del cielo y de la tierra! 20¡Bendito sea Dios, el Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!". Y Abram le dio el diezmo de todo.
Palabra de Dios
Salmo Responsorial
Salmo 110 (109), 1–4
R. Tú eres Sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec.
1Dijo el Señor a mi Señor: "Siéntate a mi derecha, mientras yo pongo a tus enemigos como estrado de tus pies". R.
2El Señor extenderá el poder de tu cetro: "¡Domina desde Sión, en medio de tus enemigos!". R.
3"Tú eres príncipe desde tu nacimiento, con esplendor de santidad; yo mismo te engendré como rocío, desde el seno de la aurora". R.
4El Señor lo ha jurado y no se retractará: "Tú eres sacerdote para siempre, a la manera de Melquisedec". R.
Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto (11, 23–26)
Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes y esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre
23Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, 24dio gracias, lo partió y dijo: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía". 25De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: "Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía". 26Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.
Palabra de Dios.
Aleluya: Juan 6, 51
Aleluya. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente”, dice el Señor. Aleluya.
Evangelio
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (9, 11–17)
Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas
11Jesús habló a la multitud del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. 12Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: "Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto". 13El les respondió: "Denles de comer ustedes mismos". Pero ellos dijeron: "No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente". 14Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: "Háganlos sentar en grupos de cincuenta". 15Y ellos hicieron sentar a todos. 16Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. 17Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.
Palabra del Señor.
Comentario:
Se acercaron los Doce y le dijeron: “Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto”
Hay mucha gente buena que se acerca a colaborar. Muchas veces nos dan grandes ideas. Abundan los “deberían hacer tal cosa…”, todo, por supuesto, lleno de muy buenas intenciones. Pero: ¿Hasta qué punto eso sólo es calmar la propia conciencia? Parece que a los apóstoles les pasó lo mismo. Le ordenan a Jesús que despida a la gente (no lo hacen ellos), para que vayan a buscar albergue y alimento (no los proveen ellos) y dan las razones para ello. ¡Todo muy teórico! Saben que hacer y por qué hacerlo… pero lo tienen que hacer los demás. La falta de compromiso les lleva a escudarse en la razón, y la tienen, pero parecen burócratas de escritorio o políticos de café que hacen todo con el dedo: “¡Hay que hacer esto!”, “¡Tendrían que hacer lo otro!” Los peones se hicieron capataces y ni siquiera para mandar sirven. Saber lo que pasa no sirve de nada si no nos arremangamos y nos ponemos manos a la obra. “Obras son amores y no buenas razones”.
El les respondió: “Denles de comer ustedes mismos”.
Jesús no deja a sus discípulos en la teoría, “vamos a la práctica” parece estar diciéndoles. A veces somos así, queremos que las cosas cambien pero nosotros no movemos ni un dedo para que esto ocurra. El Reino de los Cielos no se construye con mandones y capataces, se hace con obreros dispuestos al servicio. Los amigos de Jesús no le gritan lo que quieren que él haga, comparten sus esfuerzos para ayudarle a hacerlo.
Pero ellos dijeron: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. Porque eran alrededor de cinco mil hombres.
La pobreza nuestra de cada día no tiene que limitarnos. Así como en las cosas naturales la imaginación e inteligencia suplen al dinero, así en las cosas de Dios la entrega y docilidad suplen la abundancia de bienes. Si sabemos dar lo poco que tenemos, Dios lo bendice multiplicándolo. Los discípulos son conscientes de su pobreza (“no tenemos más que…”) y ofrecen lo que pueden hacer (comprar alimentos) que, por otro lado, no solucionaría nada dada la gran cantidad de gente. Para nosotros también la pobreza y el hambre (en los dos sentidos: material y espiritual) nos desborda. Tratamos de “comprar alimentos” haciendo esfuerzos humanos, meritorios, pero insuficientes, para solucionar circunstancialmente problemas que son crónicos y coyunturales. Sin duda el “denles ustedes de comer” se hará realidad, pero con Dios como fuente siempre plena de recursos y la humanidad administrando esos dones que bajan del cielo.
Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: “Háganlos sentar en grupos de cincuenta”. Y ellos hicieron sentar a todos.
La realidad supera a la imaginación, pero a la manera de Dios. Jesús no “despide” a nadie con las manos vacías y entregados a su suerte (como pedían los discípulos que hiciera), sino que, de manera inversa, los recibe. La impotencia humana frente a la emergencia es vencida por Jesús con la acción divina que convierte una situación de desánimo y despedida en una fiesta, en un banquete. Los hace sentar, nadie comerá “de parado”, no hay apuro ni apurados, no hay necesidad de atención para elegir la mejor parte, hay para todos y en abundancia. Los discípulos, mandones, se volvieron, por fin, obedientes. Cuando se acepta que Dios es el que tiene el “sartén por el mango” las cosas cambian, la impotencia humana se vuelve eficacia en el servicio. Dios hará el milagro, nosotros lo entregaremos a manos llenas.
Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.
La metodología de Dios está marcada en estos dos versículos. Dios toma la exigua realidad que le presentamos entre sus manos. Cuando entregamos nuestra vida en manos de Dios las posibilidades de ser felices se multiplican hasta el infinito. Por eso hay que entregarle al Señor los cinco panes y los dos pescados y no el hambre de todo un pueblo. Mucha gente entrega todos los días sus problemas y dificultades a Dios, por eso las cosas no se solucionan y tampoco encuentran remedio a sus males. Entregan carencias, entregan ofuscación, entregan tristezas, en suma, entregan “hambre”. Hasta nosotros mismos les decimos: “entrégale tu problema a Dios…”, pensando que así los ayudamos. La verdad es que de la nada Dios saca nada y de lo poco Dios saca mucho. La cosa no está en darle “hambre” (nada) a Dios, está en darle “cinco panes y dos pescados” (lo poco que tenemos). La próxima vez que alguien nos cuente sus problemas no le digamos “entrégale tu problema a Dios…”, sino más bien: “entrégale tu vida, tu corazón a Dios…” ¡seguro que la solución divina no tardará en aparecer y lo hará en abundancia!
Los hombres de Iglesia no aprendimos a enseñar el camino, “ciegos que guían a otros ciegos” dice Jesús. Llenamos nuestras enseñanzas de términos psicológicos, sociológicos, teológicos, filosóficos, políticos, etc. Siempre está la búsqueda de soluciones “con los ojos en la tierra”, somos como hormiguitas: siempre laboriosas, pero mirando el más acá, la solución terrenal, el camino de la razón, la técnica o la astucia. Centramos nuestras esperanzas en “planes pastorales”, recetas de autoayuda o alguna devoción de moda. Pero: ¿Y si hacemos como Jesús que “levantando los ojos al cielo pronunció la bendición”? No es tan difícil, ¿cierto? ¡Hay que orar más! Las técnicas, los procedimientos pastorales, las soluciones científicas, son buenas pero sin ORACIÓN no sirven de nada. Si no está de acuerdo con esto mire el mundo que le vamos a dejar a nuestros hijos después de toda una humanidad de técnica y “progreso”. Lo malo no está en dar de comer el pan, lo malo está en no bendecidlo primero. Ore y haga, no al revés. Llegará el día en que seremos como los discípulos: sin hacer nada podremos repartirlo todo.
Este milagro es el único que está en los cuatro evangelios, es figura de la eucaristía, pan del cielo para todos los hombres. A nosotros, nos corresponde que no la recibamos en vano. A nosotros, que de los bienes recibidos (espirituales y materiales), hagamos una fiesta del encuentro, repartiéndolos a los que más necesitan de ellos. Amén.
Meditemos:
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