Viernes 25 – Feria – Verde / Misa: a elección – Liturgia de las horas: de la Feria. Día penitencial.
Primera lectura
Lectura del segundo libro de los Reyes 25, 1–12
Nebuzaradán deportó a toda la población que había quedado en la ciudad, pero dejó una parte de la gente pobre del país como viñadores y cultivadores
1El noveno año del reinado de Sedecías, el día diez del décimo mes, Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó con todo su ejército contra Jerusalén; acampó frente a la ciudad y la cercaron con una empalizada. 2La ciudad estuvo bajo el asedio hasta el año undécimo del rey Sedecías. 3En el cuarto mes, el día nueve del mes, mientras apretaba el hambre en la ciudad y no había más pan para la gente del país, 4se abrió una brecha en la ciudad. Entonces huyeron todos los hombres de guerra, saliendo de la ciudad durante la noche, por el camino de la Puerta entre las dos murallas, que está cerca del jardín del rey; y mientras los caldeos rodeaban la ciudad, ellos tomaron por el camino de la Arabá. 5Las tropas de los caldeos persiguieron al rey, y lo alcanzaron en las estepas de Jericó, donde se desbandó todo su ejército. 6Los caldeos capturaron al rey y lo hicieron subir hasta Riblá, ante el rey de Babilonia, y este dictó sentencia contra él. 7Los hijos de Sedecías fueron degollados ante sus propios ojos. A Sedecías le sacó los ojos, lo ató con una doble cadena de bronce y lo llevó a Babilonia. 8El día siete del quinto mes -era el decimonoveno año de Nabucodonosor, rey de Babilonia- Nebuzaradán, comandante de la guardia, que prestaba servicio ante el rey de Babilonia, entró en Jerusalén. 9Incendió la Casa del Señor, la casa del rey y todas las casas de Jerusalén, y prendió fuego a todas las casa de los nobles. 10Después, el ejército de los caldeos que estaba con el comandante de la guardia derribo las murallas que rodeaban a Jerusalén. 11Nebuzaradán, el comandante de la guardia, deportó a toda la población que había quedado en la ciudad, a los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de los artesanos. 12Pero dejó una parte de la gente pobre del país como viñadores y cultivadores.
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Salmo 137 (136), 1–6
R. ¡Que nunca me olvide de ti, Ciudad de Dios!
1Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión, 2En los sauces de las orillas teníamos colgadas nuestras cítaras. R.
3Allí nuestros carceleros nos pedían cantos, y nuestros opresores, alegría: “¡Canten para nosotros un canto de Sión!”. R.
4¿Cómo podíamos cantar un canto del Señor en tierra extranjera? 5Si me olvidara de ti, Jerusalén, que se paralice mi mano derecha. R.
6Que la lengua se me pegue al paladar si no me acordara de ti, si no pusiera a Jerusalén por encima de todas mis alegrías. R.
Evangelio
Lectura del santo Evangelio según San Mateo 8, 1–4
Si quieres, puedes limpiarme
1Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. 2Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: "Señor, si quieres, puedes purificarme". 3Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". Y al instante quedó purificado de su lepra. 4Jesús le dijo: "No se lo digas a nadie, pero ve a presentarse al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio".
Palabra del Señor.
Comentario:
La lepra era considerada contagiosa, y todo el que la padecía quedaba sometido a una estricta cuarentena (cf. 2 Cr 26, 19-21), y se le exigía que advirtiera a cualquiera que se le acercara (Lv 13, 45). Debido a la seriedad con que era considerada esta enfermedad, existían regulaciones detalladas respecto a ella (Lv 13-14). El hecho de que el leproso se aproximara a Jesús y se arrodillara ante él, en lugar de gritar “impuro”, era prueba de su convicción de que Jesús podía curarlo. El leproso da a Jesús el tratamiento de “Señor”, “maestro”, como quien enseña “con autoridad” (7, 29). Jesús responde a esta fe tocándolo, aun cuando se consideraba que tal contacto dejaba impuro (Lv 5, 3), y el hombre queda inmediatamente limpio de la lepra.
Según la Ley, el leproso primero tenía que conseguir de un sacerdote el reconocimiento oficial de que estaba limpio, y hasta que se hacía esa declaración seguía siendo oficialmente impuro. Jesús le aconseja que haga lo que las regulaciones estipulan (Lv 14, 4. 10) como testimonio ante el pueblo antes que él les hable. Para Mateo, esta afirmación no significa simplemente que presente una prueba de que está sano, como indica su cita de Is 53, 4 al final de este primer bloque de milagros (v. 17). La purificación del leproso es una ilustración excelente del restablecimiento del pueblo de Dios en la integridad; quien fue “despreciado, rechazado por los hombres” se ve rehecho (Is 53, 3). En el Talmud de Babilonia se indica que Isaías 53 se entendía a veces como la descripción de un leproso. Tomado de Comentario Bíblico Internacional, Adrian Leske.
Meditemos:
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